A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
Gracias por confiar.

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En aquel tiempo, llegó Jesús a la orilla del mar de Galilea, subió al monte y se sentó. Acudió a él mucha gente, que llevaba consigo tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros enfermos. Los tendieron a sus pies y él los curó. La gente se llenó de admiración, al ver que los lisiados estaban curados, que los ciegos veían, que los mudos hablaban y los tullidos caminaban; por lo que glorificaron al Dios de Israel. Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: “Me da lástima esta gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. No quiero despedirlos en ayunas, porque pueden desmayarse en el camino”. Los discípulos le preguntaron: “¿Dónde vamos a conseguir, en este lugar despoblado, panes suficientes para saciar a tal muchedumbre?” Jesús les preguntó: “¿Cuántos panes tienen?” Ellos contestaron: “Siete, y unos cuantos pescados”. Después de ordenar a la gente que se sentara en el suelo, Jesús tomó los siete panes y los pescados, y habiendo dado gracias a Dios, los partió y los fue entregando a los discípulos, y los discípulos a la gente. Todos comieron hasta saciarse, y llenaron siete canastos con los pedazos que habían sobrado.

Mt 15, 29-37

¡Uf! Este Evangelio tiene mucho que masticar, mucho más de las 250 palabras que tengo para este ECO. Les comparto una anécdota que siempre recuerdo cuando leo este Evangelio. Cuando era pequeña, ya hace bastantes años, estábamos pasando necesidad en nuestro barrio en La Habana, Cuba. Todo escaseaba, comida, medicina, cosas para limpieza, agua, luz… En el edificio en que vivía, de unos 16 apartamentos, si alguien conseguía un pollo, lo estiraba con arroz y llamaba a todos los niños del edificio para comer. Si se conseguían unos cuantos fideos flacos se disfrazaban de “tallarines a la italiana” que comíamos con nuestros amigos del edificio. Si algo sobraba lo compartían los adultos. Eso se hacía en todos los apartamentos, por eso no puedo decir que haya pasado hambre, al menos no los niños de mi edificio. Los vecinos compartían lo que tenían unos con otros porque existía la compasión y la solidaridad en tiempo de penuria. Esa es la compasión que sintió Jesús por la multitud y que sigue sintiendo por nosotros. Como dice el Papa Francisco, la muchedumbre no busca a Jesús por curiosidad, sino por necesidad. La compasión de Jesús no es simplemente un sentir piedad sino un identificarse con el sufrimiento del otro, al punto de cargarlo en sí mismo. Esa es la compasión a la que estamos llamados a poner en práctica. Un pollo compartido con compasión y solidaridad puede alcanzar para muchos.

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