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Una experiencia de altura - Acompasando

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A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
Gracias por confiar.

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En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías." Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: "Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo." Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: "Levantaos, no temáis." Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: "No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos."

Mateo 17,1-9

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La Palabra de hoy es un evangelio de altura… Si alguna vez has subido una montaña, sabrás que, aunque es una bella experiencia también conlleva esfuerzo. Mientras vas subiendo, sientes el cansancio, te falta el aire, pero también vas tomando perspectiva del camino. Esa altura permite ver cosas que antes escapaban a la vista. 

En la vida necesitamos de vez en cuando darnos tiempo para subir a esa montaña, para tomar perspectiva y descubrir el sentido de las cosas de cada día. Podemos caer en la monotonía, en el sin sabor de la vida, la fe, las relaciones y ver todo en modo monocromático.  Esa subida a lo alto rompe la rutina desabrida en la que podemos caer. 

Sería un buen ejercicio (en todos los sentidos) que hoy o durante esta semana vayas a algún lugar alto. Llega hasta ahí pensando que ese camino lo haces en compañía de Jesús. Y desde esa altura, déjate abrazar por el amor de Dios. Tocará también bajar de la “montaña”, para ser testigo de que la vida queda transfigurada desde Dios. 

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