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Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.» Él les dijo: «Cuando oréis decid: "Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación."»

SAN LUCAS (11,1-4)

Con un padre no hay que andar con formalismos, no hacen falta frases rimbombantes para hablar con él. Sabemos cuánto nos quiere y hasta qué punto nos comprende. Por muchos errores que hayamos cometido, por mil malas contestaciones que le hayamos dado, por muchas veces que lo hayamos negado o ignorado, siempre nos abre los brazos y con amor nos recibe.

“Cuéntame, hijo, ¿cómo estás?, ¿qué te pasa?, ¿qué puedo hacer por ti?”

Así nos escucha Dios, así nos acoge, así de cercanas le llegan nuestras palabras. Nos conoce profundamente, sabe todo de nosotros, conoce nuestros puntos fuertes, nuestras buenas cualidades y nuestros puntos flacos, esos aspectos nuestros que deberíamos pulir. 

Nos quiere por igual en los días buenos y en los días malos. En nuestros logros y nuestros fracasos, cuando acertamos y cuando nos equivocamos, cuando procuramos actuar mejor y cuando metemos la pata por enésima vez.  Incondicionalmente. Con esa tranquilidad podemos hablarle, sintiendo que es un padre bondadoso y protector que perdona y nos enseña a perdonar, un padre que está pendiente de lo que necesitamos y que nunca se va desentender ni va a descuidarnos.

Cuanto mejores intentemos ser, más orgulloso y feliz estará, por supuesto. Pero, ¿nos quiere porque somos buenos? No…  ¡¡¡Nos quiere porque somos suyos!!!

Con sencillez, con libertad, con naturalidad… Padre, papá… ¡Qué cerca te siento, qué fácil me resulta hablar contigo!

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