«Vive y te quiere vivo»

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En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.» Jesús les contestó: «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor "Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob". No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.» Intervinieron unos escribas: «Bien dicho, Maestro.» Y no se atrevían a hacerle más preguntas.

Lucas 20,27-40

El Dios de Jesús es un Dios que siempre va más allá. Un Dios de vivos, no de muertos. Un Dios que expande en todas sus dimensiones el ciclo de la vida. Para Él, no solo somos un ciclo que acabe en la muerte (nacer, crecer, reproducirse y morir), sino que cada uno de nosotros somos una vida única, singular y para siempre. Una vida que empieza a vivirse ya y que no acaba. Esta es la resurrección que negaban los saduceos y que hoy muchos siguen negando. 

‘Vivir para morir’ es muy distinto que ‘vivir para resucitar’: «para Él todos están vivos», dice Jesús. La última exhortación del Papa Francisco comienza también lanzado un canto a la vida. Te invito hoy a que leas su primer número y que dejes que la fuerza vital de Cristo invada tu vida. Levántate, no tengas miedo… ¡naciste para vivir!

Texto: «Vive Cristo, esperanza nuestra, y Él es la más hermosa juventud de este mundo. Todo lo que Él toca se vuelve joven, se hace nuevo, se llena de vida. Entonces, las primeras palabras que quiero dirigir a cada uno de los jóvenes cristianos son: ¡Él vive y te quiere vivo!» [ChV 1].

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