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En aquel tiempo, Jesús reunió a los Doce y les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades. Luego los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos, diciéndoles: «No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco llevéis túnica de repuesto. Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si alguien no os recibe, al salir de aquel pueblo sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.» Ellos se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando el Evangelio y curando en todas partes.

Lc 9,1-6

Este verano sentimos el fallecimiento de Pedro Casaldáliga obispo claretiano del Mato Grosso, Brasil. Su vida bien podría ser presentada como un canto al evangelio de hoy: con el poder y la autoridad de quien se sabe discípulo, Pedro no llevó nada, no pidió nada, no hizo alarde de nada. Sólo se puso “en camino”, “de aldea en aldea”. Y entonces su vida se desplegó, como la de Jesús. 

Por tantas veces que exigimos reconocimientos, adjetivos e incluso honores, bien nos haría recordar una de sus poesías que nos llevan al corazón del evangelio. Y, de este modo, volver a sabernos discípulos de Aquel que nos envía

 

Pobreza evangélica

No tener nada. 

No llevar nada. 

No poder nada. 

No pedir nada. 

Y, de pasada, 

no matar nada; 

no callar nada. 

Solamente el Evangelio, 

como una faca afilada. 

Y el llanto y la risa en la mirada. 

Y la mano extendida y apretada. 

Y la vida, a caballo, dada. 

Y este sol y estos ríos 

y esta tierra comprada, 

por testigos de la Revolución ya estallada. 

¡Y “mais nada”! 

(Pedro Casaldáliga)

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