A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
Gracias por confiar.

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En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando. Uno le preguntó: «Señor, ¿serán pocos los que se salven?» Jesús les dijo: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: "Señor, ábrenos"; y él os replicará: "No sé quiénes sois." Entonces comenzaréis a decir: "Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas." Pero él os replicará: "No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados." Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.»

Lucas 13,22-30

La verdad es que para muchos de nosotros la vida de fe está ligada a actos litúrgicos y a cumplimientos morales ligados a nuestra fuerza de voluntad. Sin darnos cuenta, nos hemos transformado en los fariseos del siglo XXI. Todos podemos reconocer que poner nuestra salvación en manos de nuestra voluntad tiene dos grandes peligros: Uno es que nunca es tan férrea esa voluntad, y en segundo lugar, es que los logros alcanzados con nuestra voluntad son motivo de orgullo y no nos permiten reconocer los dones no merecidos que Dios no da. Por otro lado, es claro que haber compartido con Jesús unas pocas o muchas mesas no nos hará participes del Gran Banquete. 

Y entonces, ¿a qué se refiere Jesús? ¿Cuál es esa puerta estrecha? Recordemos sus Palabras: No quiero sacrificios, sino un corazón humilde, arrepentido y generoso. Es descubriéndonos necesitados de Él que podremos pasar la puerta, sólo dejando que Él obre la conversión en nuestros corazones. Con Él y en Él: “no hay puerta estrecha”.

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