A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
Gracias por confiar.

Y tu cristiano «ilustrado» ¿no entiendes esto?

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En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: “Tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu”. Nicodemo le pregunto: “¿Cómo puede ser eso?” Le contesto Jesús: “Y tú, el maestro de Israel, ¿no lo entiendes? Te lo aseguro, de lo que sabemos hablamos; de lo que hemos visto damos testimonio. Si no creéis cuando os hablo de la tierra, ¿cómo creeréis cuando os hable del cielo? Porque nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”

Jn. 3, 5ª.7b-15

¿No puedo ir contra mi propio razonamiento? ¿Sigo aferrado a la lógica de mi diminuta razón? ¿Me falta fe para aceptar el reto de Jesús, o me dan miedo las misteriosas palabras: “… así tiene que ser elevado el Hijo del hombre”? 

Sabemos que con el “ser elevado” nos habla de la crucifixión, de la entrega sangrienta de la vida, del sacrificio supremo: dar la vida por el amigo… y nos cuesta entender, y sobre todo aceptar, que ese sea el único camino para la vida eterna. Buscamos “atajos”, componendas, justificaciones, “manipulaciones” de la realidad para avanzar por otra senda… y, ¡claro!, no llegamos nunca…

Nos cuesta mucho “DEJARNOS CONDUCIR” por el Espíritu… estamos más cómodos recorriendo nuestro propio camino, sin desafíos que nos desinstalan, sin “novedades” que no controlamos, ni estamos seguros de a dónde nos llevaran.

Pero, viviendo así, ¿disfrutamos de la gozosa libertad de la entrega, experimentamos la plenitud del propio ser? ¿No nos entristece sentir el desequilibrio de vivir en la “cuerda floja”, en la ambigüedad de no alcanzar aquello que estoy llamando a ser…? Jesús sigue insistiendo en la necesidad de “NACER DE NUEVO”. Es el Espíritu el agente de este nuevo nacimiento. Su acción vivificadora produce una vida nueva en nosotros, nos da unos ojos nuevos para ver en Jesús el Hijo. Nos da un corazón nuevo para percibir su amor y seguirlo.

¡Dejémonos conducir por los caminos que el Espíritu nos descubra, y que nos conducen a ese nuevo nacimiento! ¿No es apasionante nacer de nuevo, caminar al viento del Espíritu y ver “qué pasa”?  

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