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EL REY DESNUDO. SISTEMA EDUCATIVO

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            Nuestro sistema educativo suele vivir revuelto y en perpetua crisis. Es difícil que la política no enturbie lo pedagógico y, por tanto, que los diferentes partidos de turno se pongan de acuerdo. Mientras tanto, el nivel académico cede una y otra vez, y no acabamos de dar con la clave que pueda conjugar la nueva realidad del aula con la necesidad de no abandonar la disciplina del esfuerzo.

            Desde luego que los gurús de la enseñanza ya han constatado que no se puede hacer lo de antes y como antes, porque el mundo ha cambiado. Los avances neurocientíficos y estudios como los de Howard Gardner nos han abierto un abanico de posibilidades en el aula, y hoy sabemos que nuestros estudiantes no tienen una inteligencia con muchas capacidades, sino varias inteligencias relacionadas entre sí. Es lo que se ha venido a llamar las inteligencias múltiples.

            Desconocer estos avances nos aleja de la posibilidad de potenciar correctamente a nuestros alumnos y, desde hace años, muchos centros de prestigio académico han puesto en marcha diferentes experiencias que sirvan para desarrollar la nueva educación, llamémoslo así. A su vez, nuestro actual sistema educativo, la LOMCE, un intento infructuoso de resolver las torpezas de los sistemas anteriores, puso en marcha la enseñanza por competencias. Es decir, el valorar que nuestros alumnos tienen una inteligencia no unitaria, sino plural, y que debemos procurar desarrollar todas sus posibilidades, todas sus competencias, porque, de otro modo, estaríamos siendo injustos con ellos.

            De esta forma, la fotografía de nuestro sistema educativo actual, a mi modo de ver, se mueve entre el caos político, la buena voluntad y un escepticismo ante los resultados obtenidos. Y es en este último aspecto donde quisiera centrarme.

            Tengo la impresión de que es tan potente el convencimiento de que se están haciendo las cosas bien que, como sucede en nuestra sociedad, si no nos sumamos al pensamiento único, nos convertimos en díscolos que se niegan al futuro. Esto me hace acordar al cuento medieval de El traje del rey, donde unos astutos estafadores le hicieron creer al monarca que le habían confeccionado una vestimenta que solo podía ser vista por gente inteligente y leal a él, de tal forma que, teniendo en cuenta que era una burda mentira, se paseaba desnudo por su reino ante el aplauso de todos aquellos que temían decir no ver lo que todos veían, hasta que alguien se atrevió a decírselo, lisa y llanamente: “mi señor, usted va como Dios lo trajo al mundo”.

            Combinar la necesaria innovación con los resultados es un proceso complicado y yo tengo la impresión de que el rey está desnudo, es decir, que no está funcionando. Y no es porque estemos desencaminados en el rumbo, sino en la puesta en práctica que, para algunos ideólogos, implica cargarse algunos aspectos que sí funcionaban en sistemas educativos muy pretéritos.

No hay educación si no hay esfuerzo y no enseñamos para que nuestros alumnos lo pasen bien y estén a gusto. Los educamos para un futuro, para la vida y la sociedad, y esto no siempre hará que estén felices, pero sí encaminados a una verdadera felicidad. Así piensa Inger Enkvist, exasesora del Ministerio de Educación sueco, contradiciendo a la mayoría de gurús educativos que ven a Finlandia como su meca escolar, y a los nuevos experimentos en el aula como revisables.

Los profesores que quieren vivir con responsabilidad su trabajo viven con escepticismo toda esta realidad en transición, donde el modelo de cambio educativo se ha convertido en una excusa para bajar el nivel en la práctica. Si los alumnos – fruto de una sociedad hedonista y cómoda – no se motivan lo suficiente, es responsabilidad del docente; si se intenta mantener un nivel académico que valore las inteligencias múltiples, pero también el esfuerzo, se choca con la realidad de un sistema educativo por competencias que tiene el fin encubierto de abaratar la nota y favorecer los aprobados para que los números del sistema mejoren.

En nuestro futuro educativo deberemos tener en cuenta la innovación, pero también las clases numerosas, los alumnos desmotivados de serie y que, el fracaso – no masivo, claro – forma parte de la vida. El nuevo sistema educativo deberá poner un acento muy especial en los docentes, en su formación, seguimiento y valoración. A veces da la impresión de que los mejores docentes son aquellos que cumplen las normas sin más, como autómatas, y no aquellos que intentan hacerlo poniendo el corazón, que es lo que funciona.

Para el futuro pido sentido común, volver a remirar la realidad de nuestras aulas y darle un papel esencial al esfuerzo. Lo de siempre, pero de otra manera, con nuevas dinámicas y prácticas, pero sin ver lo que no hay, porque diciendo que el rey está vestido no podremos dar con las claves del mañana.

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