el testimonio de los LIBROS. Por Josefer Juan

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Leer a alguien este verano 

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Entiendo que hay muchas formas de aproximarse a los libros. Por obligación, no pocas veces. Otras por curiosidad, incluso por disfrute. Y también para dialogar, con hondura, sobre lo fundamental de la vida. En verano me he encontrado pacientemente con tiempo para entablar esta conversación no pocas veces. E invitaría nuevamente a ello. Con Agustín de Hipona en sus Confesiones, con Santa Teresa en sus Moradas o con San Juan de la Cruz en Subida. Huiría de los libros fáciles y ágiles, que sirven para un viaje en metro, y me dedicaría a los que han sido consagrados como referencia por la historia. Mujeres y hombres, mucho más sabios que nosotros, y que pasaron por estos libros dieron un vuelco a su vida. No hay extranjero de renombre cultural que no valore los tres libros antes mencionados. Por qué no.

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Entonces, ¿cómo conversar con un gran libro, sean estos o aquellos? 

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  1. La madurez del pensamiento alaba el genio de otras personas. No aprende simplemente con ellos, sino que agradece los pasos dados anteriormente y sigue sus sendas. De algún modo cabe decir que han abierto horizonte, ampliado el mundo en el que existimos de manera decisiva. Aunque nos falte por reconocer sublimes aportaciones, incluso las que han pasado más desapercibidas, estas columnas de la historia sostienen nuestras ideas y nuestras formas de vida más entregadas.
  1. El diálogo que se emprende nace, en estos casos, de la vida. Ni de la curiosidad por la acumulación del saber y el consumo de páginas, ni el placer siquiera de la lectura. La necesidad urge. Y en estas ocasiones se entabla una conversación muy fructífera en la que implicamos (introducimos) lo que estamos viviendo en la propia lectura, y se hace cierta luz, también un miedo importante. Quien haya leído alguna vez sabe que se produce una cierta interpelación y llamada. El acto de leer no es ajeno, lejano, ni estamos en “asuntos de otros”. Se despiertan deseos, se encuentran coincidencias, hay una cierta respuesta a las preguntas que nos sobrecogen.
  1. Conversar, estableciendo una referencia. Para muchos lectores, ciertos libros son casi sagrados. Rompieron en su momento la situación en la que se encontraban. Muchos lo expresan como cierto “despertar”, “tomar conciencia”. El libro y el autor son el gozne que conecta una anterior comprensión y el nuevo modo de percibir y acoger la realidad, el mundo entero y a uno mismo. Por qué no hacer la experiencia de esta ruptura y salto de nivel. El libro, quizá quien lo escribió, permanece dialogante y muy actual, mucho más de lo que habíamos creído al inicio. El autor quizá dejó constancia de todo esto pensando en el bien que haría a otros. Y las tres referencias citadas al inicio sabemos a ciencia cierta que tenían esta misma intención. Buscaban dialogar con otros.
  1. Eliminar resistencias, mantener una actitud de apertura. No sería la primera vez en la que, cuando un libro o una vida inquieta, se cierra el libro o se busca eliminar su palabra. La apertura a la hora de enfrentarse a un libro es decisiva. También esta resistencia. Intuyo que la mejor forma de eliminar una resistencia no es negarla, y seguir como si tal cosa, sino ponerla en evidencia, hacerla presente y consciente, e incluso tomar su hilo para seguir adelante sin huir. Las resistencias nos conectan con la propia vida, en su parte negativa, sea en sus miedos, sea en esas voces de la existencia y la historia que desearíamos que no tuviesen voz.
  1. Por último, lanzarse a escribir algo. Lo digo muy sinceramente, como también lo hacía Unamuno. Dejar constancia de nuestro paso por el libro, por mucho que cueste, y atreverse a escribir, siquiera al margen, aquello en lo que nos vemos interpelado. No queremos escribir porque no sabemos quién lo leerá o qué pasará. Pero he descubierto que es totalmente necesario, no necesariamente al margen sino en algún sitio. Escribir es enfrentarse a  uno mismo, en su luz y sus sombras.

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Dicho lo cual, para muchos cristianos su libro pendiente es el Evangelio. Lo han escuchado, han vivido de las predicaciones (explicaciones, opiniones) de otros, de las catequesis o clases, de los talleres, retiros… Pero falta crear necesidad por leer, con detenimiento y cuidado, el mismo Evangelio. ¿Cuántos cristianos, de los que se dicen tales, no han leído jamás en su vida un Evangelio, de los cuatro, del principio al final? ¿Cuántos se conforman con la “sabiduría” aprendida en facultades y libros de otros, y mantienen cierto miedo por descubrirse a sí mismos en este diálogo con la persona misma de Jesús? ¿Quiénes no sienten la necesidad de aproximarse a este pequeño libro, que el Papa Francisco ha recomendado llevar siempre encima, aunque sea en el móvil? ¿Cuántos, sin ánimo de crítica, sólo se acercan al Evangelio pensando en algo que decir a los demás, en lugar de escuchar radicalmente la búsqueda de aquello que Dios desea ardientemente decirles a ellos?

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José Fernando Juan

@josefer_juan