el testimonio de los políticos. Por Josefer Juan

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Políticos, resistentes y con cierta indiferencia

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Tal y como están las cosas, a nadie recomendaría entrar en política. Y al mismo tiempo necesitamos a los mejores. Pero, sinceramente, son tantas las críticas, la sospecha y las exigencias que no cabe poner un pie en el escenario actual sin recibir antes comentarios de todo tipo. Siendo sinceros, la propia ciudadanía se está dejando llevar, hasta el extremo casi, por el rechazo más generalizado.

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Tal y como están las cosas, la prudencia no entra en el criterio de nadie. Se escucha, torpemente, una y otra vez a quienes proponen respuestas “casi mágicas”, instantáneas, que se indignan cuando todo no es perfecto, ni bueno. Hasta el punto de denostar y menospreciar la democracia, en lugar de acrecentarla. Lamentablemente, la respuesta extremista triunfa en toda Europa, con signos diversos, pero siempre radicalizada, consiguiendo adeptos entre quienes más sufren.

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Ante esta situación, ¿por qué no pensar lo que es un auténtico político? Aunque sea una reflexión personal, espero que sirva de invitación para que muchos otros piensen en lo que buscamos y realmente necesitamos. Saco algunas de las cuestiones de los aspectos más citados y de las críticas más duras que hoy se hace de cualquier persona que se dedique a la política.

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1. Tomar decisiones por el bien común.

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Las limitaciones son claras: ni puede decidir por su propio bien, ni por el bien de “los suyos”. Es decir, que un buen gobernante tiene que pensar en todos, no sólo en la mayoría. Y, por supuesto, deben ser buenas, es decir, conociendo qué es el bien e impulsándolo en la sociedad de forma general. Pero si los políticos tienen estos límites, los ciudadanos deberían responder igualmente a las mismas claves: valorar con altura de miras lo que se hace, no sólo pensando en si me conviene o si me favorece “a mí”; y conociendo qué es el bien, plantearse lo mejor e intentar alcanzarlo. Sobre esto último, una pequeña aclaración: las grandes decisiones no las deberíamos tomar entre lo bueno y lo malo, porque la respuesta estaría más o menos clara, sino entre lo bueno y lo mejor, donde las cuestiones son más difusas. De nada valen los razonamientos extremos de los adolescentes, que ven todo en blanco y negro.
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2. Rodearse de un buen equipo

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Si alguien ha tenido responsabilidad, del tipo que sea, y le ha tocado coordinar equipo (aunque sea en un campamento) que piense cuáles son las dificultades y las extrapole al gobierno de una nación. ¿Es importante rodearse de un buen equipo? ¿Será fácil tener un buen equipo de cientos de personas, dada la envergadura de la cuestión? Esto no lo puede garantizar ni el más honrado, honesto y bien dispuesto de los que se presenten a candidatos. Sin embargo, es absolutamente necesario. Luego la cuestión no está sólo en quién “pone la cara” en primera fila, sino en todos los que trabajan de un modo u otro en la administración y gobierno, y en última instancia de los ciudadanos. Ni siquiera un partido político puede garantizarlo dentro de sus propias “filas” (me gusta muy poco el lenguaje militarizado en política)
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3. Ser dialogante

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Por último, incido en una cuestión básica y esencial, fácil de nombrar y mucho menos de ejercitar. Todos, cualquiera de nosotros, puede encontrar los límites del diálogo auténtico, y al mismo tiempo reclamar, que dada la diversidad de las sociedades urbanitas actuales, sea absolutamente imprescindible. El diálogo se da, de verdad, cuando hay personas que están dispuestas a dialogar. Y es algo que, por tanto, no puede reclamarse sólo a los gobiernos sino a todos aquellos que dicen –expresión fea, donde las haya- hacer oposición –prefiero control, acuerdos, y tantas otras…-. Luego la política de diálogo no es reclamable a unos pocos entre el conjunto, sino a todos aquellos que hacen política. Y este sí es un indicador clave para la ciudadanía, que puede ver quiénes están más o menos dispuestos a dialogar con argumentos, y no tanto a escuchar reproches entre unos y otros sobre quién dialoga más o menos.

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Durante el siglo XX, quienes hemos estudiado nuestra historia más inmediata o estamos en ello, percibimos que se vació de auténticos intelectuales y que, quienes llegaron con sana intención, muchas veces se marcharon alarmados por la situación o viéndose impotentes al enfrentarse a las masas. En determinados caldos de cultivo sólo crecen las propuestas más exageradas, las promesas más absurdas, y todo termina en manos de intereses excesivamente ajenos al bien común. Sólo hace falta echar una mirada atrás, contando con una buena perspectiva, para percibir cómo en democracia no pocas veces el error y la manipulación afecta a la inmensa mayoría. Prevenirse de ello, con herramientas de pensamiento y juicio y diálogo personal, es hoy absolutamente necesario, aunque el esfuerzo siga llevando a muchos a elegir una y otra vez el error antes que el bien.

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José Fernando Juan

@josefer_juan