en tu punto de mira: ver, juzgar, actuar, …

VER

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No suelo ver el teledario matinal de la Primera, pero mientras esperaba mi cita encendí el televisor. Termina una noticia de un bombardeo en la franja de Gaza, no puedo precisar el lugar, y empieza otra de la misma zona. El locutor nos incita a fijarnos en un hombre delgado con camiseta verde y pantalón vaquero, nos dice que debe tener cerca de los veinte años y que desconoce su nombre. Está hablando por el móvil a la vez que señala hacia el fondo de la calle, presumiblemente al cámara para indicarle dónde ir.

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Camina rápido seguido por el cámara y al menos dos personas -un hombre y una mujer- equipadas con un chaleco reflectante, seguramente parte del equipo informativo. Llegan a las ruinas de un edificio y el cámara y sus acompañantes se paran en tanto el joven empieza a caminar sobre los escombros. Era la casa familiar y busca a sus padres y hermanos. Quedo acongojado.

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Sin pudor ni previo aviso, nos muestran la escena donde se escuchan dos disparos y el hombre de la camiseta verde cae entre cascotes y hierros. Impasible, el periodista va contando al son del sonido del arma: uno y dos. La cámara pierde momentáneamente el enfoque, asustada por los tiros, pero se logra ver caer al chaval boca arriba: han impactado sobre él. Vuelve a centrarse en el caído, y un disparo rebota cerca.

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El joven levanta su brazo derecho, en la que su mano mantiene el móvil, y con un dedo señala hacia arriba, mientras grita algo en árabe, con voz desesperada. La voz del periodista, que no para de hablar, se superpone a la suya. Los otros no se atreven a acercarse, no pueden; al fondo se ven otras tres personas con chalecos reflectantes, uno de ellos también filmando. El periodista aventura que es un francotirador israelí. Se ve al chaval que suelta el móvil y ladea la cabeza: ha muerto. Y pasan sin pausa ni respeto a otra noticia de la zona. Han sido treinta y cinco segundos. Yo quedo sobrecogido e incrédulo, no escucho ni veo lo que cuentan entonces.

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Aún tengo su imagen en la retina.

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JUZGAR

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¿Qué gritaba este joven cuando levantaba ansioso su brazo? ¿Pedía ayuda, clamaba contra el que le había disparado? ¿Se dio cuenta que estaba herido de muerte, oró a Alá en sus últimos suspiros?

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¿Qué sentía el francotirador israelí? ¿Se felicitó por su suerte, contó su hazaña a los compañeros, o se sintió desolado al disparar a un hombre desarmado? ¿Tiene ese soldado problemas de conciencia? ¿Ha dado las gracias a Yavé por su éxito o le ha perdido perdón por quitar una vida que sólo a Él pertenece?

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¿Qué siente el cámara que todo lo graba, asustado por los disparos? ¿Se felicita por el reportaje exclusivo, en “vivo”, que ha conseguido? ¿o ha quedado tan afectado como yo? ¿rezó a Dios por el recién fallecido o le pidió que a él no le pasara nada?

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¿Cómo se sentían las personas de los chalecos reflectantes? Miran desde la distancia al caído, le escuchan ¿sienten miedo por sus vidas, impotencia por no poder acercarse, por no poder hacer nada? La que siento yo, también a distancia de lo que ven mis ojos ¿Que han vivido después en sus conciencias? ¿Están conmocionados?

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Todo ese día (y los posteriores) contemplaba esas imágenes grabadas en mi mente. Con dolor, con impotencia, con preguntas, con clamor. El desprecio a la vida del hombre creado por Dios a su imagen; en la guerra se pierde el valor de lo más sagrado. Las situaciones injustas se van sucediendo.

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ACTUAR

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Al final del día celebro la Eucaristía. Era la fiesta de Santa María Magdalena, la primera misionera: “Ve y dile a mis hermanos…”, le manda Jesús, y ella va presurosa a comunicar la buena noticia.

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En la lectura del Evangelio veía la escena del telediario. Ella también ha ido a buscar a un fallecido muy cercano al que ha visto morir desde cierta distancia, una muerte del todo injusta. Llora impotente a la puerta del sepulcro, conmocionada. Pide ayuda a todo el que ve, en súplicas desesperadas. No hay nada que se pueda hacer… aparentemente.

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En realidad, la historia no es así. El evangelista ve lo que la cámara no puede filmar. Una voz que pronuncia su nombre y todo se descubre con otros ojos, que dejan de llorar. Surge la alegría y la impotencia se transforma en pies presurosos que anuncian con incrédula alegría un Evangelio.

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Quizá haya varias desconocidas Magdalenas en el huerto de Gaza, entres las piedras que sepultan fallecidos cercanos. En la fe, creemos que Él sigue interviniendo en nuestra historia y pronunciando nombres que desvelan nuevas miradas. Hay otra historia en la historia del pecado que nos filman los ávidos periodistas.

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Después, ese mismo día, leí una noticia de una iniciativa en las redes sociales con el hashtag “Judíos y árabes se niegan a ser enemigos”. Con gran incidencia, fue una campaña iniciada por dos jóvenes norteamericanos. En lugar del impotente lamento, ésta y otras muchas acciones con el mismo fin, inciden en el devenir de los acontecimientos, en su fragilidad y debilidad, como semillas del Reino. Todo lo que hagamos por sembrar en los que nos rodean la semilla de la justica, el respeto a la vida, la fe en Dios, dará un fruto sazonado.

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Juan Carlos Monroy

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