“Esperar por otros: asumir los fracasos cotidianos”

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Buscar en mi interior. Descubrir lo que hace valiosa mi existencia. Tomar la decisión de mirar, escuchar y acompañar a quien me encuentro en el camino que me toca recorrer. 

Avanzar. ¡Dar un paso de gigante! Me cuesta romper las ataduras de mi egoísmo, de mi comodidad, de mi individualismo. Liberarme de lo que me impide una vida en plenitud. Transformarme desde dentro.

Me acerco al otro para acompañarle en su realidad vital sin invadir espacios. Respetándole con mis silencios, con mis gestos, con mis palabras. Lo que necesite en ese momento. Lo que me permita. 

Establecer una relación bidireccional de ayuda mutua para descubrir la belleza que todos tenemos en nuestro interior. Compartir nuestra esencia.

Y, en ocasiones, el encuentro con el otro es desencuentro. Es frustración. Es indiferencia. Es dolor. Es fracaso y decepción.

Aceptarlo. Tomar conciencia de lo que somos, de que estamos llenos de limitaciones y contradicciones, pero también de posibilidades. 

Mirar hacia lo más hondo de uno mismo.  Trascender esa mirada, ese gesto, esa palabra que me reduce. Sin dolor. Sin rencor. Desplegando mayor humanidad si cabe. Sabiendo que no hay plenitud humana, sin Amor. Y el amor se comparte. 

Volver a darse a los demás. Empezar de nuevo. Esperar de nuevo.

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Gracias por mi nombre

Si alguien sabe lo importante que es tener nombre propio es María, la de Magdala. Algunos la llamaban Magdalena. Otros la buscaban