Felices los que tienen hambre y sed de justicia

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Con las bienaventuranzas Jesús nos propone un camino para encontrar la felicidad que deseamos. Hoy Jesús nos señala para ello, el camino de la justicia, una necesidad tan vital como la de satisfacer el hambre y la sed: “Felices quienes tienen hambre y sed de ser justos, Dios los saciará”. Pero ¿cómo es la justicia de Dios que puede saciar la felicidad? ¿La que dimana de la ley? Jesús se refiere a la justicia de Dios, una actitud opuesta frontalmente a la justicia humana, ya que no es que quien la hace la paga. Dios no actúa así. Dios actúa en la historia humana, pero siempre a partir del amor, y respetando la libertad de las personas, nunca obligando o amenazando. Ahora bien, no podemos olvidar que ya en el AT Dios se nos revela como un Dios que no soporta y se opone frontalmente a las injusticias de los poderosos con los pobres, las viudas, los huérfanos, los extranjeros, los amos sobre los obreros, los gobernantes sobre los súbditos. 

¿Como unir estas dos realidades en un solo Dios? La única manera que tenemos para saber cómo el amor de Dios actúa en el corazón de la historia humana contra la injustica, es mirando a Jesús. Él es la imagen del Padre, y este rostro cambia toda nuestra escala de valores. Su justicia no será más vista como acusadora sino liberadora, no será de castigo sino de transformación, y por eso también subversiva para los poderes de este mundo, y tal vez también para nuestra manera de pensar. 

El amor, la justicia y la paz de Dios se abren camino en el corazón de muchos hombres y mujeres que saben encontrar la felicidad en la auténtica justicia, no la del ojo por ojo, y diente por diente, sino en la de perdonar 70 veces 7, porque saben que Jesús no ha venido a llamar a los justos sino a los pecadores. Esta es la única justicia que hace feliz a Dios: la de transformar y dar nuevas oportunidades.

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