abrazo (1)

Fundirnos en un abrazo

El título parece que proceda de una canción de verano. Seguro que durante este tiempo de confinamiento que hemos vivido y la precaución que debemos tener durante estos próximos meses, hemos pensado en cómo sería el primer encuentro con los nuestros. También con aquellos que a día de hoy aún no hemos visto o con los que aún tenemos temas pendientes de hablar, resolver i perdonar.

Fundirse en un abrazo es una operación peligrosa y de alta precisión. En un abrazo no hay barreras, ni anonimatos, ni enojos… Abrazarse es redescubrir en lo más hondo de nuestro ser una experiencia que nos transciende hacia el otro, abrir los brazos sin condiciones para amar sin medida.

En la fiesta de san Pedro y san Pablo podemos recordar uno de los abrazos más significativos para la historia de la Iglesia. En sus inicios se creó la disputa de qué pasos eran necesarios para alcanzar la salvación. En un grupo se encontraba Pedro y los judíos conversos, que creían en la necesidad de la circuncisión, siguiendo el camino de la ley Mosaica. En cambio, para Pablo y los gentiles sólo bastaba la purificación del corazón por la fe. La solución fue sencilla: recordar que en el bautismo Cristo nos da su salvación y su gracia (Hch 15, 1-34).

Desde el siglo IV esta iconografía se difundió rápidamente por Roma y se extendió por el Imperio después de la paz de Constantino (313) recordándonos la unidad de la Iglesia. La primera representación se encuentra en Roma, cerca de la antigua basílica “Ad Apostolorum”, hoy san Sebastián, en recuerdo de la memoria de Pedro y Pablo. También en los sarcófagos o relieves como los encontrados en Aquilea o Estambul.

Os deseo un fuerte abrazo multiplicado por … 

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