Grabado a fuego

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Dicen los expertos que en un solo día tenemos unos 60000 pensamientos aproximadamente; por tanto, algo más de 40 pensamientos por minutos. De los cuales, la mayor parte son inútiles (por recurrentes) o negativos. Y me pregunto si nuestra vida no sería diferente si entre esos miles de pensamientos que pasan por nuestra cabeza diariamente hubiese algunos que simplemente nos recuerden que somos hijos amados. 

La experiencia más profunda de Jesús de Nazaret es precisamente la de tener conciencia de ser el Hijo amado. Y en los momentos culminantes de su vida (en el bautismo, la transfiguración…) Dios nos lo recuerda: «Éste es mi hijo amado, mi predilecto, en quien me complazco» (Mt 3, 17). Se nos revela la identidad de Jesús y su verdad más íntima, y en el fondo nos revela también la nuestra. 

Pensar que soy hija amada puede librarme de creer que ser querida (o no) depende de que guste (o no), de lo que haga, o de otras historias parecidas. No deja espacio a temores amenazadores. Salva de culpabilizarme demasiado, de enredarme en desconfianzas. Libera de quedar atrapada en negatividades y abre a la vida, invita a apostar por ella

Seguramente no podamos detener el flujo de nuestros pensamientos. Pero a lo mejor sí podamos grabárnoslo a fuego para saborear y gustar de esta realidad de ser amado, amada. Quizá así nos demos una tregua y comencemos a experimentar que podemos fiarnos y descansar tranquilamente en las buenas manos de Quien me ama simplemente por ser hija.