Gracias por mi nombre

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Si alguien sabe lo importante que es tener nombre propio es María, la de Magdala. Algunos la llamaban Magdalena. Otros la buscaban sin nombre. Y algunos, solo algunos, la llamaban “María”. 

Y ella lo sabía. Y como nos pasa a todos, daba gracias por quienes conocían su nombre. Y por quienes lo pronunciaban con cariño, con esperanza, con alegría.

Y María, la de Magdala, se dio cuenta que también ella amaba el nombre de quien amaba el suyo. Y aprendió a pronunciar nombres con paz, con orgullo, con afecto, con humor, con paciencia, con entusiasmo… 

Y recordó con gratitud los nombres de su vida, quien la acunó al nacer, quien le dio de comer, quien estuvo con ella aquella tarde de fiebre, quien la hizo sonreír, quien esperó mientras lloraba…

Y dio gracias por los nombres de su presente: los de cerca, los de todos los días, los que se han olvidado de ti, los que te traicionan, los que se aprovechan, los que te echan de menos, los que no soportas, los que querrían no volver a verte… Sí, por esos también.

Y María, la de Magdala, respiró. Y dio gracias por tener nombre y por tener la suerte de haberlo escuchado al menos una vez, como si fuera la única persona del planeta.