Hacer las cuentas

En una conversación usual he escuchado el clásico discurso, extendido entre gente culta y que sabe hacer las cuentas, que defiende un control migratorio que evite masas de extranjeros sin oficio ni beneficio en los países receptores. Si nuestras economías no tienen capacidad para responder aún a más demandantes de empleo, de sanidad y otras prestaciones del Estado de bienestar, es preferible no dejarles entrar. 

La actitud anti inmigratoria de los países desarrollados contrasta con la humilde apertura de otras naciones que, con fragilísimas economías, acogen a más del 80% de los refugiados del total mundial. Pakistán, Uganda, Líbano e Irán están entre los diez primeros, y los mayores campos de refugiados del mundo se encuentran en Kenia. 

El contraste enorme entre estos datos me ha despertado un recuerdo que, como una linterna, ha despejado mi confusión: un sacerdote amigo habló una vez de Jesús como un pésimo gestor, pues hace muy mal las cuentas. Él nos habla de dejar 99 ovejas para encontrar a una sola; de pagar al que ha trabajado una hora como si hubiese trabajado todo el día; de ofrecer un banquete a una multitud con solo cuatro panes y dos peces; de perdonar a un siervo una deuda impagable a cambio de nada; de invitar a nuestra mesa a los pobres, los ciegos, lisiados y todos aquellos que no podrán devolvernos nunca la invitación.

¿Cómo deconstruir una matemática ya incrustada en nuestra más natural identidad? ¿cómo ser discípulos y estar a bien con las cuentas de este sistema social?

Señor, enséñanos a orar. 

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