“HAZ LO QUE HACES”. UN MODO DE ENTRENARSE EN MINDFULNESS O ATENCIÓN PLENA (II)

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La experiencia de mindfulness se ayuda con ejercicios que eviten el funcionamiento con piloto automático, es decir ejercicios que despierten los sentidos y la conciencia: ejercitar la vista, el olfato, el gusto, el oído y el tacto más allá de las prácticas habituales, tomar conciencia plena de nuestros actos (respirar, caminar, cocinar, leer, aburrirse, abrazar…) La presencia plena nos ayuda a reconocer qué está pasando en el momento presente. Practicar mindfulness no requiere que vayamos a ningún otro lugar. Podemos practicar mindfulness en nuestra casa o cuando nos desplazamos de un lugar a otro. Hacemos las mismas cosas que siempre hacemos –caminar, estar sentados, trabajar, comer y hablar- pero las hacemos con conciencia de lo que estamos haciendo.

 

La presencia plena se entrena sobre todo en una práctica llamada meditación, una práctica que procede de tradiciones milenarias basadas en entrenar el estar presente y consciente en cada momento de nuestra vida; acoger cualquier cosa que surja en la experiencia,  amorosamente y sin juicio; abrir el corazón para hacernos amigos de nosotros mismos y permitir que surja la compasión por los demás. Nos permite recorrer el camino de nuestra vida con el corazón abierto y la mente despierta y lúcida.

La meditación no requiere profesar ninguna confesión religiosa. Ahora bien, en nuestro caso, desde una vivencia cristiana, en vez de refugiarnos en una noción abstracta de Dios,  la meditación cristiana nos ayuda a darnos cuenta que a Dios podemos “tocarlo” en nuestra respiración y en nuestros pasos. ¿Acaso no creemos que Dios se ha encarnado en Jesús, se ha hecho carne y vive entre nosotros, como templos vivos de Dios?

Meditar no es un modo de escapar de la realidad, como piensan algunos, al contrario, su objetivo es permitirnos ver la realidad como es, desenmascarando las causas profundas de nuestro sufrimiento y despejando nuestra confusión mental. Consiste básicamente en regresar una y otra vez, a la experiencia más inmediata de la realidad del momento presente,  de manera amable y sin juicio. Y cuanta más atención le prestemos, más jugo sacaremos.

Cuánto nos hace sufrir la memoria dolorosa del pasado y los pensamientos erróneos, juicios y prejuicios, suposiciones, expectativas infundadas… Por la meditación tomo conciencia de todo lo que habita mi mente, lo que pasa en mi cuerpo y en mi espíritu, sea del pasado o del futuro,  agradable o doloroso, y lo “toco”, lo hago mío sin juzgar.

La experiencia de mindfulness consiste en simplificar la experiencia al máximo; al punto de “simplemente estar” en una situación donde “no pasa nada” en particular. En ella nos encontramos al desnudo solos con nuestra propia mente: puedo escuchar, sentir, observar,  tocar cómo construyo mundos con ella y les atribuyo carácter de real. También observamos nuestro discurso interno y al separarnos de él, toda la realidad que habíamos construido se esfuma dejando en evidencia que sólo era una construcción de mi propia mente. Podemos observar, sentados, sin nada que hacer más que prestar atención a nuestra respiración, cómo reinterpreto constantemente el pasado, anticipo y planifico constantemente el futuro y cómo ese momento presente que contiene toda la riqueza de lo que es simplemente real, nos pasa inadvertido.

Esto suena fácil pero requiere un poco de entrenamiento. La práctica de detenerse es crucial. ¿Cómo nos detenemos? Nos detenemos tomando conciencia de nuestra inhalación, nuestra exhalación y nuestros pasos. Nuestra práctica básica es el respirar en conciencia y caminar en conciencia.

 

Y termino con una anécdota de Thich Nhat Hahn muy ilustrativa:

 

“Antes de establecerme en Plum Village, viví en una ermita a una hora y media de Paris. Se encontraba en un cerro rodeado por bosques. Un día llegó una familia de refugiados que había escapado de Vietnam. El padre estaba buscando trabajo en Paris y me pidió que cuidara de su hija de cinco años, Thuy, que significa “agua”.

Thuy y otra niña se quedaron conmigo y llegamos al acuerdo que al atardecer cuando fuera el momento de la práctica de meditación sentada, ellas se irían a dormir y no hablarían ni jugarían más. Ellas permanecerían muy calladas mientras yo me ponía mis hábitos y prendía un incienso antes de la práctica de meditación sentada.

Un día Thuy y otras niñas estaban jugando cerca de la ermita y entraron a pedir agua para tomar. Yo tenía un jugo de manzana orgánica que un vecino me había regalado. Le ofrecí un vaso de jugo a cada niña. La última porción del jugo de manzana le tocó a Thuy quien no quiso tomárselo porque tenía mucha pulpa. Dejó el jugo sobre la mesa y se fue a jugar.

Aproximadamente una hora después, volvió muy sedienta buscando agua. Yo le señalé su vaso de jugo de manzana y le pregunté, “¿por qué no te lo tomas? Está delicioso.” Ella miró el vaso de jugo y vio que ahora estaba muy claro ya que después de una hora toda la pulpa se había ido al fondo. Se lo tomó muy contenta.

Después me preguntó por qué el jugo de manzana se había aclarado y yo le contesté que había estado practicando meditación sentada durante una hora. Y ella ¡comprendió! Ya que dejamos el vaso de jugo ahí durante una hora, se mantuvo quieto y se aclaró. Ella dijo, “ahora entiendo por qué tú practicas meditación sentada, quieres aclararte”. Yo le dije “si, tú entendiste qué significa la meditación sentada. Si sabes cómo sentarte, si sabes cómo manejar tu inhalación y tu exhalación, entonces después de un tiempo te vuelves pacífico y claro.” Por eso nos gusta hacer meditación sentada todos los días. Imitamos al jugo de manzana, o el jugo de manzana nos imita a nosotros!”

 

 

Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi