INTELIGENCIA ESPIRITUAL Y FE CRISTIANA

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En el ámbito de las inteligencias múltiples hace tiempo que se habla de la “inteligencia espiritual” como una más de nuestras inteligencias, es más, como aquella que aporta a todas las demás mayor hondura. En ese sentido todo ser humano, participe o no de una creencia religiosa concreta, posee ese tipo de inteligencia.

Sin embargo, para quien se adhiere a una determinada religión ésta confiere a esa dimensión espiritual unos acentos concretos. Así, en el caso del cristianismo, la vida de Jesús de Nazaret, es el referente último para el/la cristiano/a. En este sentido, el evangelio nos descubre que la espiritualidad cristiana es la espiritualidad del amor prójimo. El amor a Dios pasa por el amor al prójimo de una forma inseparable, tanto es así, que en el evangelio de Mateo Jesús define como “benditos de mi Padre” a todos/as aquellos/as que, aun no creyendo en Dios o no sabiendo de él, hacen el bien, ayudan a los demás, hacen de la caridad su “ethos” (Mt 25,31-46). Igualmente, en la parábola del buen samaritano una vez más, la fe en el Dios de Jesús se traduce en la capacidad para hacerse prójimo con un acto de voluntad. Si nos fijamos en esa parábola, Jesús deja muy claro que nos son precisamente las personas “objetivamente” religiosas (el sacerdote, el levita) quienes viven la auténtica espiritualidad, sino muchas veces aquellos/as a quienes la oficialidad religiosa rechaza. El samaritano es quien, en la parábola, tiene la verdadera actitud espiritual en la que la compasión es nuclear. Una compasión que no se traduce en una mirada conmiserativa, sino en una actitud “proactiva”: el samaritano detiene su camino, baja de su montura, se acerca al hombre herido y se asegura de que sus necesidades queden cubiertas y atendidas antes de proseguir su camino.

Es por ello que para un/a cristiano/a la vida vivida en plenitud jamás puede tratarse de una vida al margen del sufrimiento humano. Aquello que llamamos el “seguimiento de Jesús” se traduce tanto en la relación activa con Dios a través de la oración profunda como en una vida compasiva en la que el amor al prójimo contiene el matiz de una preferencia por los más débiles y sufrientes.

Podemos decir que la espiritualidad cristiana consiste en “dar a luz al Cristo interior”, llevando una vida regida por la ética del amor al prójimo; una “moral social samaritana”, como propone el profesor de Moral Social de la universidad  de Vitoria José Ignacio Calleja,  en la que el prójimo sufriente amplía el concepto o la traducción de la plenitud a un ámbito en el que lo que se busca no es sólo “mi” plenitud sino la construcción de unas redes sociales que favorezcan a todos/as poder vivir tal plenitud.

Es aquí donde se hace necesario señalar la necesaria “muerte del ego” que en términos paulinos consistiría en pasar de vivir en el “hombre-mujer viejo/a” a vivir como “hombres-mujeres nuevos/as”.

Un verdadero camino interior siempre lleva a quien lo recorre con sinceridad a la posibilidad de trascender el ego. No se trata tan sólo de “curar el ego”, primer paso irrenunciable e imprescindible, sino llegar a “ser curados/as del ego”, lo cual quiere decir entrar de lleno en la vivencia del “ser que somos” alejados del dualismo y, por lo tanto, de toda división. Es en esa vivencia de la “no-dualidad”, donde el “vasito” que somos percibe dentro de sí la plenitud del agua, aunque sea consciente de que no la puede contener toda. Poco a poco, la Conciencia gana terreno, se rompen los diques internos que impedían la transparencia del Dios que nos habita y acontece la unificación de cuerpo, mente y corazón.

Esta es la promesa que Dios nos hace, su afirmación: somos hijos e hijas suyos, llamados a hacer brillar la llama que Él ha encendido en nuestros corazones para que ilumine el mundo entero. Esta es la plenitud que llevamos dentro y que somos invitados continuamente a desplegar. Esta es nuestra tarea más importante. Todo lo demás se nos dará por añadidura.