Yo siempre pisaba a las chicas en el baile.  Pero a fuerza de intentarlo aprendí a seguir el ritmo con mi cuerpo sin infringir mayores daños. Me he dado cuenta que en la Iglesia no se puede ser hombre orquesta, que hay que aprender a seguir el compás, que no quiere decir seguir el ritmo, ni siquiera cantar la misma voz. A veces puedes desafinar porque solo te sabes la letra, en ocasiones se trata de canturrear la melodía. Ha habido momentos en los que he sentido la maravillosa sensación de que mi melodía, la forma personal de sentir la fe, se convertía en sinfonía cuando me encontraba con otras voces, otros timbres y alguna que otra “banda”.

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Gracias por vuestros 10 años acompañando, haciéndome sentir que nunca bailo solo cuando el ritmo lo marca el evangelio.

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Un beso a los que conozco y quiero: Rosa y Álvaro. Os deseo otros 10 años por lo menos.
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Javier Luengo,  scj