«Jesús es la Palabra de Dios» por Gabino Uríbarri, SJ

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            ¿Qué lugar ocupa Jesucristo en la comunicación de Dios con los hombres? Jesucristo es la misma Palabra de Dios, la más verdadera, completa, perfecta y plena de todas las posibles. Así lo reflejan algunos textos de la Escritura.

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            “En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo” (Heb 1, 1-2). Dios lleva tiempo dialogando con el pueblo de Israel, nuestros padres. La figura de Jesús se sitúa en continuidad con los profetas. Pero, a la vez, culmina y cierra de algún modo este diálogo. Por una parte, nos encontramos “en la etapa final” de este diálogo, que, por lo tanto, no tiene sentido que se prolongue con nuevos interlocutores. Por otra parte, la cualificación de Jesús es claramente superior, es el Hijo. Se está sugiriendo la intimidad y el conocimiento que el Hijo tiene del Padre Dios, para darlo a conocer (cf. Mt 11, 27).

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            Meditando en profundidad sobre Jesús como el mensajero de Dios, como el Hijo de Dios, que nos revela el rostro verdadero de Dios Padre, el evangelio de Juan en su prólogo ha realizado afirmaciones audaces y decisivas. “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. […] Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 1. 14). Todo el prólogo trata este tema. Las afirmaciones más fuertes se refieren al ser de Jesucristo, la Palabra eterna del Padre que era Dios y estaba junto a Dios; y a su encarnación, a su presencia en nuestra historia.

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            Según el evangelio de Juan “a Dios nadie lo ha visto jamás” (Jn 1, 18). ¿Cómo conocerle? Si Dios mismo se diera a conocer sería posible: “Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer” (Jn 1, 18). Jesucristo, el Unigénito, el Verbo eterno, lo puede dar a conocer, lo quiere dar a conocer y lo da a conocer mediante la encarnación, mediante todo el transcurso de su vida terrena, de sus acciones y su enseñanza, de su predicación e instauración del reino de Dios, de su muerte y de su resurrección. Toda la vida de Jesús es Palabra de Dios y encierra una palabra de Dios para nosotros.

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            Por poner algún ejemplo, pertenece al ser de Dios traer salvación y perdón, porque es misericordia. Y Jesús realiza y empalabra esa misericordia divina con su acogida de los pecadores, con sus curaciones, con su atención a los leprosos, a los publicanos y a las prostitutas. También nos dice que Dios se complace más en la práctica de la misericordia que en un cumplimiento legalista y ritual vacío de la Ley. Por eso Jesús cura provocativamente en sábado e interpreta la legislación sabática a favor del hombre, especialmente del indigente, menesteroso o sufriente. Con su vida Jesús nos enseña que es más grato a Dios morir en fidelidad a su voluntad, que pactar con los ídolos y poderes de este mundo para salvar momentáneamente el pellejo; o que Dios en su poder levanta a los justos de entre los muertos y los hace vivir para siempre con Él. Y así podríamos seguir recorriendo escenas y dichos de Jesús, descubriendo matices de cómo es y cómo actúa Dios.

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            Nadie como San Juan de la Cruz (Subida al Monte Carmelo II, 22), ha expresado con tanta verdad y profundidad lo que creemos cuando decimos que Jesús es la Palabra de Dios:

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Porque en darnos, como nos dio, a su Hijo –que es una Palabra suya, que no tiene otra‒, todo nos lo habló junto y de una vez en toda esta sola Palabra, y no tiene más que hablar.

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JESUSY éste es el sentido de aquella autoridad, con que San Pablo quiere inducir a los hebreos a que se aparten de aquellos modos primeros y tratos con Dios de la ley de Moisés, y pongan los ojos en Cristo solamente, diciendo: Lo que antiguamente habló Dios en los profetas a nuestros padres de muchos modos y maneras, ahora a la postre, en estos días, nos lo ha hablado en el Hijo todo de una vez.

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En lo cual da a entender el Apóstol, que Dios ha quedado ya como mudo, y no tiene más que hablar, porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado en Él todo, dándonos el todo, que es su Hijo.

Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios o querer alguna visión o revelación, no sólo haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra cosa o novedad. Porque le podría responder Dios de esta manera: «Si te tengo ya hablado todas las cosas en mi Palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra cosa que te pueda revelar o responder que sea más que eso, pon los ojos sólo en Él; porque en Él te lo tengo puesto todo y dicho y revelado, y hallarás en Él aún más de lo que pides y deseas.

Porque desde el día que bajé con mi espíritu sobre Él en el monte Tabor, diciendo: Éste es mi amado Hijo en que me he complacido; a Él oíd, ya alcé yo la mano de todas esas maneras de enseñanzas y respuestas, y se la di a Él; oídle a Él, porque yo no tengo más fe que revelar, más cosas que manifestar. Que si antes hablaba, era prometiéndoos a Cristo; y si me preguntaban, eran las preguntas encaminadas a la petición y esperanza de Cristo, en que habían de hallar todo bien, como ahora lo da a entender toda la doctrina de los evangelistas y apóstoles».

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Gabino Uríbarri, SJ

Universidad Pontificia Comillas