“JONÁS Y EL ESCÁNDALO DE LA TERNURA DE DIOS”, de Rosalba Manes y Marzia, (Sal Terrae, 2018)

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Si hay un libro irónico en la Biblia ése es el de Jonás. Comienza con un mandato de Dios: “Prepárate y vete a Nínive para anunciar…” Y él, a diferencia de otros profetas que se entretienen dialogando y exponiendo a Dios sus dificultades, se prepara inmediatamente y se va… Solo que no se dirige a Nínive, sino en dirección opuesta, al confín del mundo, donde Dios no le pudiese encontrar. Es tan solo el comienzo de la historia de un rebelde, que sabe que Dios es su salvación, pero quiere hacer las cosas a su manera.

Este libro ayuda a leer a Jonás conectando con nuestras propias resistencias y rebeldías. Ésas que ponemos a Dios cuando sabemos qué quiere, dónde nos pide ir… pero en el fondo nos asusta terriblemente.

Lo que pasa es que el miedo solo nos lleva a la apatía, a acostarnos en el fondo de un buque, y finalmente, al abismo. Más aún, nuestro protagonista es reincidente en su tozudez: clama a Dios desde lo hondo de su desesperación, pero continúa aferrado a sus ideas. No comprende que «si obedecemos a Dios, debemos desobedecernos a nosotros mismos. Que es necesario morir a nuestro propio egoísmo y nuestros propios miedos, para dejarnos llevar mar adentro por ese “Dios de gran amor”» (p. 172). Tan esclerotizado está que ni siquiera es capaz de alegrarse por la conversión de todos los personajes de la historia, fruto en gran parte del “éxito” de su misión, a pesar suyo.

Sorprendentemente Dios no se separa de él, le acompaña incluso retrocediendo, en esa dirección opuesta que escoge. Y resiste a sus rabietas, le cobija, le protege incluso de sí mismo… para descubrirle finalmente que Él es el compasivo.

Y es que aun teniendo algo de desobedientes e insatisfechos, o precisamente por eso, la llamada de Dios es siempre a «“ponerse de pie”, “levantarse”. Es como recibir un soplo, un superplús de vida que arranca de la muerte, de la apatía, que libera del vacío de la soledad para dar acceso a la plenitud del don. El ser humano puede abortar la llamada -a la que está conectada su realización y su felicidad- cuando no admite que el único acto con el que puede corresponder al Dios que se revela es el de una disponibilidad ilimitada» (p. 92).

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