JUEVES SANTO. Me levantaré e iré a la casa de mi padre

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Hay un pasaje en la escritura en el que el personaje principal, después de tocar fondo, siente una irresistible necesidad de ponerse en pie. Se trata de la parábola del hijo pródigo (Lc 15). Después de tocar fondo en la miseria y el desatino, en la frustración y la locura humanas, el hijo pródigo se expresa con la voz de la determinación: me levantaré e iré a la casa de mi padre.

Levantarse, ponerse en pie, es ante todo un gesto de dignidad. Se levanta quien ha estado postrado, sometido a su propia miseria. El hijo pródigo ha vivido expatriado, lejos del centro de su existencia, lejos de su hogar. Y cuando todos los caminos están agotados, cuando todos los senderos conducen a un extravío insoportable, la nostalgia del hogar se alumbra como una invitación a recuperar la propia dignidad. La dignidad del hijo.

La casa perdida no es un lugar físico, sino la historia universal de la frustración humana. Cuando nos lanzamos a recorrer los senderos exteriores de nuestra vida, nuestras luchas, nuestra riqueza, nuestra fama, nuestras emociones, nunca suficientes, nunca del todo satisfechas, acabamos descubriendo que no pueden ofrecernos la plenitud. Que sólo las cosas baratas se compran con dinero.

Y, sin embargo, puede que la frustración alumbre en nosotros el sendero de la vuelta a casa, al propio corazón, donde la plenitud, la felicidad y el amor aguardan a que hallemos ahí nuestra morada, nuestra patria. La experiencia universal del hijo pródigo sucede cuando se frustran las esperanzas que hemos puesto en el exterior. Y al que resulta frustrado, Jesús le dice: bienaventurado tú. Feliz tú. Ahora, desnudo y vacío, estás en condiciones de regresar a tu hogar. Ponte en pie y regresa a casa. La noche es el sendero de la aurora.

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