LA CONVERSIÓN: UNA BUENA NOTICIA! por Mª Hortensia Muñoz Rmi

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LA CONVERSIÓN, UNA BUENA NOTICIA

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Introducción

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Es una palabra que se puede leer desde muy distintas perspectivas, es algo así como un prisma que irradia una luz multicolor… Podríamos hablar de vuelta, retorno, arrepentimiento, cambio de pensamientos, palabras, obras… podríamos entrar en toda esta dinámica pero vamos a centrarnos en dos elementos fundamentales: La conversión es un camino de vuelta y la iniciativa la tiene Dios. Es don, regalo y como tal requiere acogida.

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Cuando nos acercamos a la palabra conversión desde una perspectiva bíblica, el primer dato a destacar es que se trata de una «buena noticia». Lo que la caracteriza no es la llamada a la persona humana para que se convierta, que es un elemento común a todas las religiones, sino la proclamación de la conversión de Dios hacia nosotros hasta convertirse en conversión nuestra hacia Dios. Este es el elemento distintivo de la conversión en la Sagrada Escritura.

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Un acercamiento atento a la Biblia nos advierte que la conversión del pueblo es posible porque es querida por Dios: «Dios, nuestro Salvador, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tm 2, 4; cf. Ez 18, 23); Él es el agente principal: “Te voy a seducir; te llevaré al desierto y te hablaré al corazón…. y tú me responderás como en los días de tu juventud’ (Os 2, 16-17), «Nadie viene a mí si el Padre no lo atrae» (Jn 6, 44)

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EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

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Se contempla el protagonismo de Dios en la conversión bajo la dimensión de la misericordia.

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La misericordia en la Biblia es la confluencia de dos corrientes de pensamiento semitas: la compasión y la fidelidad. La compasión, para un semita, tiene su centro en el seno materno en las entrañas; de ahí expresiones como amor entrañable, entrañas de misericordia, cariño, ternura… La fidelidad designa la relación estable que une a dos personas. Nos evoca la fidelidad a la alianza. Con la fidelidad, la misericordia y la compasión reciben una base sólida. La palabra misericordia puede traducirse por amor fiel.

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Una de las experiencias más antiguas y profundas de Israel es que Yahvé es un «Dios clemente y misericordioso». Impresiona el texto en el que se nos describe el rostro misericordioso de Dios: «Yahvé, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones, que perdona la rebeldía y el pecado…» (Ex 34, 6).

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Israel, sabe que ha nacido como pueblo de la iniciativa misericordiosa de Dios: «Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo en Egipto… He bajado para librarle de la mano de los Egipcios» (Ex 7, 7ss). No se trata de un momento puntual en su historia: la liberación de Egipto, sino siente que Dios se hace presente a lo largo de toda ella: «Si el Señor no hubiera estado con nosotros, nos habrían tragado vivos» (Sal 124, 1-2). Y aunque es cierto que Israel descubre la misericordia de Dios desde su pecado y su desgracia, esa misericordia, sin embargo, pertenece a la esencia íntima de Dios y supera cualquier otra fuerza en él: “mi pueblo tiene querencia de su infidelidad; cuando a lo alto se les llama, ni uno hay que se levante ¿Cómo voy a dejarte Efraím cómo voy a entregarte Israel? ¿voy a dejarte como Admá y hacerte semejante a Seboyím? Mi corazón está en mí trastornado y a la vez se estremecen mis entrañas…” (Os 11, 8 ss). El pueblo está muy a gusto en su infidelidad, no tiene intención ninguna de volverse a Dios… Es Dios mismo quien da un salto cualitativo, se le estremecen las entrañas de amor hacia un pueblo que tiene querencia de su infidelidad”. ¡Así es el amor de Dios!. Israel celebrará, proclamará, invocará y se acogerá a ese amor-misericordia, protagonista de su historia, que es toda ella «historia de salvación».

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El pecado hundió a Israel en el desaliento. «Se han secado nuestros huesos; se ha desvanecido nuestra esperanza, todo se ha terminado para nosotros» (Ez 37, 11). ¡Ésa es la palabra de Israel!; muy distinta de la de Dios. «He aquí que yo voy a abrir vuestros sepulcros… Sabréis que yo soy Yahvé cuando abra vuestros sepulcros y os haga salir de ellos, pueblo mío. Infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis» (Ez 37, 12-14).

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Israel tiene futuro sólo porque el futuro es Dios y de Dios. Dios tiene la última palabra: la misericordia-amor fiel, y en ella reside el futuro de Israel. Pero en este tema, como en tantos otros, en el AT nos movemos todavía en la dimensión de lo fragmentario (cf. Hb 1, 1-2)

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EN EL NUEVO TESTAMENTO

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Es en Cristo, “imagen de Dios e impronta de su ser profundo» (Hb 1, 3), donde brilla el rostro del Padre de las misericordias… y Dios de todo consuelo (cf. 2 Co 1, 3).

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Jesús irrumpe en la historia como encarnación y proclamación de esa realidad, por eso con él se alcanza «la plenitud de los tiempos» (Gal 4, 4). Comienza el tiempo de Dios que se inaugura con la conversión de Dios en hombre y con la llamada a la conversión.

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La conversión en Jesús es prioritariamente anuncio del plan salvador de Dios; implica renuncias, porque ese plan tiene sus incompatibilidades: llegar a la plenitud exige eliminar todo aquello que es incompatible con el Reinado de Dios y comporta dejar todo aquello, que obstaculiza su plan salvador. Jesús para ser anuncio, evangelio de conversión, «se vació» (Flp 2, 6ss) y puso al descubierto las resistencias surgidas ante su proyecto evangelizador.

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36 conversion de saulo

Pero la consideración de la conversión como don de Dios, con ser la dimensión más importante, quedaría incompleta si no tuviéramos en cuenta la necesidad de respuesta-acogida por nuestra parte, a la iniciativa de Dios. El anuncio de la conversión es verdadero evangelio con tal que seamos conscientes de nuestra situación y nos dispongamos a recibir, como don, la salvación que nos es ofrecida gratuitamente.

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Este proceso de acogida supone dos momentos fundamentales: un «éxodo», una «salida» de las servidumbres fundamentales (pecado, autosuficiencia, injusticia y mentira) y una «entrada» en espacios donde el amor fiel de Dios es la única ley y desde ese amor fiel vivir todas las relaciones posibles.

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Dios nos precede en ese camino. Y posibilita el reencuentro como lo hizo el padre del Hijo pródigo (cf. Lc 15, 20). La conversión a Dios es siempre fruto del «reencuentro» con este Padre, rico en misericordia.

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Cualquier Tiempo y momento es bueno para encararse a uno mismo y buscar conversión, podría ser una buena forma de prepararnos para el próximo Tiempo, ya cerca, de Cuaresma:

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  • ¿En qué punto del proceso me encuentro?

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  • ¿Qué pasos voy dando en mi vida para ir acercándome a Quien ya ha salido a mi encuentro? ¿Qué actitudes debería reforzar en mi vida para abrirme al reencuentro?

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(No perdamos de vista que el camino de la Cuaresma nos conduce hacia la Pascua, paso de Dios en nuestra vida…)

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Mª Hortensia Muñoz

Misionera Claretiana

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