LA ESPIRITUALIDAD: FUENTE DE SENTIDO. Por Víctor Vallejo

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 LA ESPIRITUALIDAD: FUENTE DE SENTIDO 

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Acabamos nuestro trayecto hablando de la espiritualidad. El coaching busca que las personas se desarrollen en plenitud y la plenitud sólo puede ser alcanzada si atendemos a todas las dimensiones de la persona. Somos cuerpo, mente, corazón y espíritu por lo que no podemos desatender ninguna de estas esferas. El cuerpo demanda que cubramos las necesidades ligadas a nuestra supervivencia (y por ello tenemos que trabajar); la mente nos abre a la realización personal desarrollando nuestras ganas de aprender (y por ello tenemos que estudiar); el corazón nos invita a amar a las personas (y por ello es recomendable relacionarnos con ellas en términos de ganar-ganar) y, por último, el espíritu nos llama a calmar nuestra sed de sentido y de aportación (por ello hemos de cultivar nuestra vida interior). 

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Cuando comencé mi formación como coach, pronto me di cuenta de la gran relación que existe entre el coaching y la espiritualidad. Para empezar, el coaching busca desarrollar el potencial de las personas para conseguir cambios coherentes y profundos. Es decir, el coach trabaja con la motivación de su cliente, con la energía que lo moviliza y le impulsa a salir de la mediocridad. Y si la espiritualidad es una fuente de energía tan válida como la emocional, la sexual o la intelectual, ¿por qué voy a dejar de contar con ella? San Francisco Javier recorrió a pie y en viejos barcos 100 mil kilómetros en poco más de 10 años. ¡Es impresionante! ¿Y de dónde sacaba fuerzas para ello? Fuera lo que fuera, provenía de su experiencia espiritual forjada en los Ejercicios Espirituales de san Ignacio, una experiencia de encuentro personal con Jesús que lo transformó y le llevó a dejarlo todo por seguirlo hasta los confines del Oriente lejano.

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¿Qué legado quiero dejar a la humanidad, a los que me rodean? ¿Qué sentido quiero dar a mi vida? 

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Robert Dilts, uno de los mayores expertos en coaching, dice que un coach puede llegar a trabajar en el nivel de las creencias y valores del cliente o, dando un paso más allá, en el plano de la identidad -que no es poco- pero, incluso yendo todavía más profundo, puede ascender a un nivel espiritual actuando como un “despertador” de la conciencia del cliente. Uno entra en el terreno del coaching espiritual cuando ayuda a las personas a responder a las grandes preguntas del “para quién” y “para qué”, o sea, las grandes preguntas del sentido: ¿Para quién vivo o hago lo que hago? ¿Para qué vivo o hago lo que hago? ¿Cuál es el sentido de vida y mi trabajo? San Ignacio de Loyola, por ejemplo, sin ser coach, llevó a este plano a san Francisco Javier que encontró en la espiritualidad cristiana el verdadero motor de su vida.

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¿Has sentido alguna vez la inmensidad? Yo mismo, cuando nació mi hija, la sentí claramente. Ella nació una tarde de verano…; el sol curioseaba por la ventana del paritorio y, al verla aparecer, sonrió luminosamente. Y cuando este mismo sol se marchó sonriente y ocupó su lugar la tranquila noche, ocurrió el milagro. En la habitación de la planta de maternidad, mientras su madre, agotada, dormía, tomé a Celia en mis brazos, me acomodé en el sillón y acerqué su diminuto cuerpo contra mi pecho. Entonces sentí que no sólo se henchía mi caja torácica, sino que una columna de amor subía desde ella hasta cielo, juntando lo divino y lo humano, traspasando mis costillas que abrazaban a una recién nacida que no era otra cosa que un regalo, un don del mismo cielo, allí presente, subiendo y bajando al son de mi respiración honda y serena. Por mucho que la ciencia avance y explique las vicisitudes de  la reproducción humana, en la habitación del hospital, experimenté que la vida es un regalo que nos brinda el Cielo, que el Cielo es todo y nosotros parte, una Parte que es todo porque es uno con Él… “Gracias, gracias Padre, por tan dulce regalo…” 

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Abrahan Maslow, psicólogo humanista famoso por su pirámide de las necesidades básicas, diría que lo que experimenté se llama “experiencia cumbre”. Este tipo de experiencias no son exclusivas de personas creyentes que profesan un credo religioso establecido, sino que cualquier persona puede experimentarlas; es más, Maslow sostiene que toda persona, de forma natural, porque somos seres espirituales, ha tenido este tipo de revelaciones, sólo que muchas veces las ignoramos, la olvidamos, las reprimimos o negamos por prejuicios culturales. Estas experiencias cumbre son el verdadero origen de la religión y ellas nos revelan la verdad sobre uno mismo, el mundo, el cosmos, la ética o Dios.

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Quienes tienen una experiencia cumbre -insisto, sean teístas o ateos-, entre otras cosas, sienten un acercamiento a la divinidad que les hace tener una visión positiva del mundo y despierta en ellos la piedad, la caridad y la bondad. Esa experiencia cumbre les reconcilia con la presencia del mal en el mundo y les hace alejarse de divisiones, conflictos y enfrentamientos. Además, tras una experiencia cumbre, la persona se siente más responsable y activa, justo la energía con la que un coach espera trabajar. Y Maslow concluye que estas características coinciden con la gente autorrealizada, aquellas que se sitúan en la cúspide de su pirámide de las necesidades.

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En definitiva, recogiendo los estudios de Maslow, la verdadera espiritualidad no puede sino conducirnos a nuestra autorrealización, plenitud, felicidad…, la meta última de la vida y el fin último del coaching espiritual.

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Con esta entrada ya me despido de todos aquellos que me habéis seguido a lo largo de este curso. Acabo lleno de agradecimiento hacia las Claretianas y el Equipo de Acompasando que tuvieron este sueño y día a día lo mantienen en la red (entiendo que con alegrías y desvelos). Y a vosotros, lectores, os deseo lo siguiente: encontrad un trabajo o una tarea que aproveche vuestro talento y alimente vuestra pasión y que dicha tarea o trabajo nazca para aliviar una necesidad noble del mundo a la que vuestra conciencia os haya impulsado a dar respuesta. O sea, que encontréis vuestro lugar en el mundo y seáis dichosos. ¡Confío en vosotr@s! ¡Confío en ti!

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Víctor Vallejo