LA FELICIDAD ACOMPASADA Por Víctor Vallejo

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LA FELICIDAD ACOMPASADA 

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En esta ocasión, con motivo del aniversario de Acompasando,  os voy a ofrecer distintas realidades o acciones que necesitamos acompasar para alcanzar mayores cotas de bienestar y felicidad. ¿Qué acciones o realidades personales han de estar acompasadas para que exista una armonía en mi vida?

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Antes de entrar en aspectos de desarrollo personal, siempre me ha llamado la atención que en nuestra sociedad capitalista e industrial hay un gran DESAJUSTE ENTRE EL TIEMPO NATURAL Y EL TIEMPO SOCIAL. Vivimos acelerados, sumidos en un ritmo cultural que no respeta el tiempo ecológico. Baste apuntar que si de nosotros dependiera, lo mismo que aceleramos el tiempo de descongelación de un alimento, acabaríamos acelerando el ritmo biológico del embarazo para incorporarnos cuanto antes al ritmo laboral.

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Las empresas requieren un ritmo tan exageradamente rápido que favorecen el estrés y la pérdida de sentido ¿Cómo acompasar el tiempo de trabajo con las necesidades afectivas de mi pareja, hijos o compañeros de comunidad o con mis necesidades de ocio y tiempo libre?

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David Allen, autor del libro Organízate con eficacia, nos confiesa que la gestión eficaz del tiempo es para sacar momentos para “saborear la vida de una forma que parece más difícil de alcanzar cuando uno trabaja demasiado.”

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MEDITAR es sin duda una actividad que nos va ayudar a ser más conscientes y a saborear la vida dejando de lado tanta prisa. La meditación nos lleva al terreno del Ser (frente al del hacer) y nos posibilita algo tan básico y maravilloso como ser conscientes de nuestra respiración.

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Algo tan sencillo como repetir “recibo” y “doy” al son de nuestra respiración nos puede ayudar a ser mucho más felices. Este ejercicio espiritual nos recuerda, como dice Pablo D`Ors, que la vida consiste en un equilibrio entre “dar” y “recibir”. Lo mismo que no podemos vivir bien sin recibir el aire y soltarlo, tampoco podemos ser felices si no aprendemos a acompasar el dar y el recibir. Nadie te ama si no da ni si se niega a recibir.

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Por último, me gustaría dar otra pista que nos ayudará a nuestra salud psicológica. Se trata de adquirir LA ACTITUD DE LA AUTENTICIDAD tal y como la entendía Rogers: la capacidad de ser conscientes de lo que sentimos y de manifestarlo. Se trata de ser uno mismo, sin esconderse detrás de una fachada.

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La salud psicológica se resiente cuando, de forma inconsciente, nos negamos a aceptar ciertas emociones por resultarnos demasiado incómodas o difíciles de digerir. Esta es la primera manera de no ser auténticos. En unas convivencias una chica de 16 años relató al grupo de clase cómo había vivido dos años de su vida saliendo con un novio que sólo la quería por su aspecto físico. Ella cayó en la trampa de agradar y adaptar su conducta a esa demanda hasta tal punto que no decía lo que realmente pensaba o sentía por no defraudar a su novio. Hasta que un buen día se dio cuenta de que, en sus palabras, ya no era yo. “Somos yo” cuando somos capaces de acompasar mis vivencias emocionales con la sana aceptación de ellas al nivel de la consciencia.

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En el terreno de las relaciones sociales, la autenticidad supone la integración entre el mensaje que expreso y los propios sentimientos. No hay autenticidad cuando se esconde un sentimiento bajo expresiones que digan lo contrario de lo que se siente. Con este ejemplo, se entenderá estupendamente. Imaginemos una esposa y ama de casa que, tras un ajetreado día lleno de actividades difíciles de cuadrar (hacer la casa, compra, recoger niños del colegio, llevar a uno al dentista y conseguir los materiales de plástica al otro en el último momento…), llega a casa, molida y estresada, y se encuentra a su marido plácidamente recostado en el salón, con los pies sobre la mesilla, viendo la tele. “Vale, él está tranquilo cuando yo no he tenido un momento”, piensa mientras cierra la puerta, deja las bolsas, quita los abrigos a los niños que ya protestan por no querer ir al baño, cuando, de repente, tras darte cuenta de que se te ha olvidado comprar ajo, su marido le espeta desde el salón: “¿Qué? ¿Hoy no se cena?”.

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Es entonces cuando la mujer siente un enfado que le recorre todo el aparato digestivo de abajo a arriba, pero, inesperadamente, lo que le suelta a su marido es un lacónico “lo siento, no he tenido tiempo, ahora te la preparo”. Y acto seguido, en vez de saltarle a la yugular, se sume en una tristeza insospechada que hace pensar a su marido que no hay quién entienda a su mujer.

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¿Qué ha pasado en este ejemplo? Que la buena mujer, tal vez por condicionamientos sociales o tal vez porque confunde sumisión con amor (recordemos el dar y el recibir), ha escondido su enfado bajo la pena. Es decir, no ha integrado su enfado en la respuesta con su marido. O en otras palabras, no ha acompasado su emoción con su respuesta.

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RECAPITULANDO, nuestra paz interior y nuestra salud espiritual dependen, entre otras cosas, de que seamos capaces de dedicar unos minutos al día a rezar al compás de nuestra respiración. Hay que saber dar (ser independientes) y aprender a recibir (ser dependientes). Y, por último, nuestro desarrollo personal pasa por salir de situaciones de que destruyen nuestra verdadera identidad por incapacidad de integrar emoción y conciencia, por un lado,  y emoción y respuesta, por otro.

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Víctor Vallejo