DESIERTO

LA FUERZA DEL DESIERTO

“El Espíritu empujó a Jesús al desierto” (Mc 1, 13 -15) 

Evangelio del I Domingo de cuaresma, 18 de febrero

La fortaleza puede convertirse en una quimera, un efímero espejismo. ¿Quién puede sostenerse a sí mismo? La ilusión de la autosuficiencia se desvanece irremediablemente al contacto con la cruda realidad. Es por eso que inventamos mil maneras de aliviar la fragilidad que nos es propia y construimos mundos que nos protejan. La sociedad de bienestar, harta de recursos, nos conserva en un confort que enmascara lo débil y nos hincha en la sensación de poderlo casi todo.

No así en otras regiones que, desprovistas de lo más básico, han de amigarse con la precariedad de su condición humana. La sufren a diario quienes no alcanzan a cubrir el mínimo de calorías necesarias para que el cuerpo responda. Según Intermón Oxfam, esto le ocurre a más de 30 millones de personas en la región de África Oriental: Kenia, Etiopía, Nigeria y Sudán del Sur. Es la mayor emergencia alimentaria del mundo y sus efectos catastróficos amenazan con agravarse exponencialmente si no se frena a tiempo.

“Sin haber sufrido una experiencia similar difícilmente se imaginarán el destructivo conflicto mental y las luchas de voluntad a las que se enfrenta un hombre hambriento”, explica Víktor Frankl en su famosa obra testimonial, El hombre en busca de sentido. El hambre va anulando la personalidad, disminuye la energía, la iniciativa, la concentración, la capacidad de rebelión y la queja, la lucidez, el deseo y el afecto. El hambriento está expuesto a toda enfermedad, física y mental, no tiene defensa. Se sabe débil e incapaz, siente cómo emergen desde el fondo de su alma las más hondas hambrunas interiores. Se contempla insignificante e inválido.

Por instinto natural, tendemos a esquivar esas hambres que nos desnudan. Y, sin embargo, el Espíritu ha empujado a Jesús a un desierto en el que pasará hambre, vivirá entre las fieras y será tentado. Él se ha hecho uno de tantos para dejarse llevar al núcleo del drama humano, asumiendo en su carne las inconsistencias de los hombres de todos los tiempos. Así, desde la indigencia, realiza su auténtico ser de Hijo que todo lo recibe del Padre, con Quien permanece vinculado en una comunión radical (Mt 11, 27). Su abandono absoluto en Dios nos revela la verdadera identidad de lo humano e inicia para nosotros el camino de vuelta al Amor que nos dio origen.

Tras este paso, Jesús puede anunciar a las gentes que el Reino está cerca y han de convertirse para recibirlo. Es tiempo de entrar con Él en el desierto, en el hambre física, afectiva y existencial que derribará las quimeras de nuestras falsas fortalezas y nos hará mendigos de la única Fuente que puede darnos Vida. Nos reconoceremos entonces hermanos de los hambrientos, solidarios de su pobreza que es también la nuestra, felizmente necesitados, pues Él ha dicho “Dichosos los pobres de Espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”.

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