A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
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LA INMENSIDAD DEL MAR NOS RECUERDA LA INMENSIDAD DE DIOS

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Hay dos anécdotas maravillosas y profundas que nos ayudan a entender el deseo de María Antonia París y el padre Claret de poner su vida en manos de Dios de tal modo que sólo Él sea su riqueza. Y lo que resulta curioso es que las dos ocurrieran en la cubierta de un barco. 

La primera anécdota nos la narra la propia María Antonia París en su Autobiografía. Cuenta que, una vez que había abandonado el convento de la Compañía de María para cumplir su vocación de fundar una nueva orden, y tras haber recibido la invitación del padre Claret para ocuparse de la educación de las niñas en Cuba, embarca en el buque Nueva Rosalía rumbo a la isla caribeña. Cuando el barco se alejó de las Islas Canarias, le daba tanto regocijo la esperanza en Dios que, cuando perdió la tierra de vista, se alegró su corazón porque ya sólo le quedaba la esperanza en Dios… Cuanto más se adentraban en la inmensidad del mar, más se internaba su espíritu en el mar inmenso de Dios. Saberse en manos de Dios le producía una tranquilidad inalterable que le hacía afrontar todos los peligros con una paz admirable. 

La segunda anécdota, también la escribe el propio padre Claret en su autobiografía. Una vez que había dejado la opción de ser cartujo, decide que tenía que dedicar sus esfuerzos a predicar a la gente sencilla y decide irse a Roma y presentarse a la Congregación de Propaganda Fide para que le mandasen a predicar a cualquier parte del mundo. 

Para llegar a Roma tuvo que embarcarse en un buque que partía desde Marsella. Como ya Claret estaba decidido a seguir a Jesús llevando una vida pobre y humilde, sacó el billete más barato, que sólo le daba derecho a viajar en la cubierta de la embarcación. Encontró un montón de cuerda enrollada y allí se sentó. A pesar de la falta de comodidad, viajaba alegre pensando que, de forma parecida, debió viajar Jesús de Nazaret en barca por el mar de Galilea. 

Allí hecho un ovillo y tapándose con la capucha de su capote, pasó días y noches, mojándose con la lluvia y con los salpicones de las olas que estallaban contra el barco. Todo su equipaje consistía en una camisa, un par de medias, un pañuelo, la navaja de afeitar, el Breviario y la Biblia. Todo ello envuelto en un pañuelo. De comer sólo llevaba una torta de pan y queso que, por si fuera poco, tuvo que comer empapados de agua salada. Una vez calmada la tempestad, un viajero inglés entabló una grata conversación con él y le ofreció dinero. Claret, lo aceptó, le dio las gracias y los repartió entre la gente más humilde que viajaba junto a él de tal forma que se compraran algo de comer. Claret se contentaba con su pan mojado de agua de mar.  

El inglés quedó sorprendido y admirado de este gesto de Claret y así se lo hizo saber. Y entonces Claret lo tuvo muy claro: Él debía ser un sacerdote pobre y desprendido más que un cura que se las diera de rico y garboso. 

El 17 de enero celebramos la festividad de María Antonia París, fundadora de las “Misioneras Claretianas”. Espero que estas letras nos ayuden a comprender que la fuente de su arrojo y valentía residía en su plena confianza en Dios, el único tesoro de nuestra vida, tal como también nos lo recuerda el padre Claret.  

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