La Lluvia de Vida del Espíritu (Jol 2,23)

Share on facebook
Facebook
Share on pinterest
Pinterest
Share on twitter
Twitter

Entramos en la última semana de la Pascua y pedimos insistentemente el Espíritu. Difícil hablar del Espíritu Santo. Hasta los teólogos tienen dificultades y no siempre se ponen de acuerdo cuando quieren explicar quién es, qué hace, cómo… Yo tampoco sabría. Por eso solo me atrevo a acercarme a él con imágenes. Hoy elijo la lluvia:

“Alegraos y festejad al Señor, vuestro Dios, que os da la lluvia temprana en su sazón, la lluvia tardía como antaño y derrama para vosotros el aguacero” Joel 2, 23.

Creer y pedir el Espíritu tiene mucho que ver con saberse necesitado de lluvia, como tierra seca, como garganta con sed, como el sudor en una noche de verano. Así estamos. El frío nos encoge pero el excesivo calor o sequedad, nos aísla. Todo nos molesta. Sin agua nos rendimos. El agua del inicio cuando tenemos ilusión por crecer y dar fruto. El agua tardía cuando ya no la esperas y lo agradeces mucho más. El agua que se derrama como aguacero y te sorprende y te inunda y te empapa.

Eso es el Espíritu: el empujón de los inicios, de cualquier inicio que merezca la pena; el abrazo final cuando todo parece casi perdido y de repente vuelves a respirar; el aguacero que de vez en cuando la vida te regala y del que no puedes dudar que es real, que no es tuyo, que te es dado.

 

Y con el Espíritu Santo pasa como con la lluvia: nada puede hacer si cae en cemento. Nada puede hacer el aire en una garganta que no quiere respirar. El Espíritu sólo pide algo simple aunque no sencillo: abrirte, dejarte empapar, sin miedo.

 

Otras entradas...

Gracias por mi nombre

Si alguien sabe lo importante que es tener nombre propio es María, la de Magdala. Algunos la llamaban Magdalena. Otros la buscaban