La mentira (Dani Martín)

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Desde pequeño (que uno ya es mayor) he tenido la suerte de ir aprendiendo que no es mejor el parecer que el ser. Que currarse bien el ser lleva trabajo, sí, vale… pero merece mucho la pena.

Pues resulta que nos movemos en un tiempo en el que uno no ha de esforzarse en ser, sino en mostrarse perfecto en todo momento en el espejo del smartphone. ¡Y menudo trabajo lleva! Pero… ¿qué tiene de malo admitir que las cosas no son perfectas y que no pasa nada? No es posible editarse siempre para estar perfecto…

Aunque no es algo nuevo, la verdad. Ya antiguamente en los pueblos se cuidaba mucho la apariencia, el qué dirán, el quedar bien, no ser un «bicho raro»… no fuera que cayeras en desgracia y te hicieran la vida imposible. Pero ahora, que hemos aprendido como sociedad a abrazar la diversidad (o estamos en ello), parece que somos nosotros mismos los que nos hacemos la vida imposible. ¿Para qué vivir en una tensión constante como si se te estuvieras exigiendo todo el rato lanzar fuegos artificiales? ¡Qué estrés!

Ya son varios los amigos con los que me he reencontrado tras un tiempo y que, al preguntarles por la apasionante vida que he podido ver en su Instagram, me dicen que lo han estado pasando fatal. ¡¡Pero fatal fatal! ¿Por qué colocar nuestras fake news en la puerta y ocultar nuestras miserias debajo de la alfombra? ¡Que te vas a tropezar con la montaña que estás haciendo!

Quizá vivir la mentira es un refugio donde guarecerse de lo doloroso, donde camuflar la inseguridad… aunque hay que tener cuidado: ahí no se curan las heridas. Quizá sea importante una vez más nuestra fe, y caer en que no es tan importante aparentar, sino lo que soy para mí y para Dios. Que Dios me quiere como soy, tal cual. Y no le importan mis selfies.

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