La palabra expresada a través del cuerpo y del silencio

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Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida,

y resultó el hombre un ser viviente (Gn 2, 7)

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Palabra, cuerpo, silencio ¿tres conceptos?, ¿“tres mundos” diferentes? Pronunciando cada uno de estos términos pronunciamos tres ámbitos de nuestra existencia en tanto que seres humanos. No podemos ser en este nivel de la existencia sin un cuerpo; en tanto que somos seres humanos nuestra manera de comprender el mundo y a nosotros/as mismos/as consiste en “empalabrar” esa realidad, la palabra se convierte en cauce de comprensión y, por ello mismo, sólo el ser humano hace del silencio una opción y, en estadios más avanzados de vida interior, un “lugar” en el que encontrar-nos.

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Pero, la mayoría de nosotros/as, hemos recibido una educación en la que, de alguna manera, estos tres elementos, palabra, cuerpo y silencio, tan íntimamente nuestros, nos llegan como desgajados, separados entre sí, quizá incluso como anecdóticos.

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form_cuerpo-silencio2El resultado de esta comprensión poco profunda de estos tres componentes íntimos de nuestra vida suele ser una desestructuración personal en la que la palabra pierde verdad y belleza porque no se hace portadora de lo que somos, por otro lado el cuerpo se convierte en mero objeto que “tenemos” pero que no somos, por ello el lenguaje corporal y el gesto personal dejan de ser “justos” y aparecen las “poses” o la desmembración de la unidad “palabra-cuerpo” de tal forma que mientras con la palabra podemos decir una cosa, con nuestro cuerpo, de múltiples formas, podemos estar diciendo justo lo contrario; finalmente el silencio se transforma en una mera y simple “ausencia de palabras” .

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La experiencia interior, la experiencia creyente, en cambio, va conduciendo a la persona a la integración y unificación de todas sus dimensiones y, en ese sentido, el cuerpo deviene expresión del ser que es en la medida en la que el silencio se hace ese “lugar” de reposo y Encuentro. Entonces sí, la palabra encuentra un lugar verdadero en el que nacer y aparece cargada de verdad en tanto que revela y desvela nuestra identidad profunda, de bondad en tanto que se convierte en camino de encuentro, palabra que convoca, que crea dialogo y de belleza en tanto que es verdadera y bondadosa.

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La palabra expresada a través de cuerpo

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¿Cómo puede ser expresada la palabra a través del cuerpo? Lo más sencillo es tener en cuenta que, en el caso de la palabra hablada, ésta es originada en el cuerpo: el aire que inspiramos al ser exhalado para hablar hace vibrar las cuerdas vocales y, a través del movimiento de la lengua, de la separación de las mandíbulas, del contacto o no con los dientes y la forma de los labios, creamos palabras, así pues, sin cuerpo físico nos es imposible crear la palabra hablada. Lo mismo sucede con la palabra escrita para la que precisamos de nuestras manos y la palabra leída para la que precisamos de nuestros ojos y la palabra que escuchamos para la que precisamos de nuestros oídos. Incluso en el caso de las personas con discapacidad vocal, visual y/o auditiva, el cuerpo se hace cauce para poder acceder a la palabra.

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Pero ¿Y la Palabra? ¿Qué sucede con la Palabra de Dios, con la Verdad en ella revelada? ¿Puede ser nuestro cuerpo físico lugar en el que se revele? Sí, puede serlo pero sólo en la medida en la que el camino interior, la relación con Dios nos cure del ego, de nuestras divisiones personales, de nuestra “desmembración”, entonces nuestro cuerpo, su gestualidad, su forma de estar y hacer, va adquiriendo el “gesto justo” a través del cual expresamos nuestra identidad de seres creados a imagen y semejanza de Dios. Es en ese sentido que el antiguo Testamento nos regala un término magnífico para definirnos: somos “nefesh” de Dios, es decir, garganta que respira el aliento divino. Así, en la medida en la que nuestro ser por completo se orienta hacia Él, nuestra vida adquiere Vida y se hace palabra que expresa la Palabra.

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La palabra expresada a través del silencio

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form_cuerpo-silencio3¿Puede el silencio expresar a Dios? Cuántas veces nos quedamos sin palabras. Ante aquello que “me supera”, que “me coge por completo”, es definitiva, ante aquello que me hace sentir trascendido/a, tantas veces el silencio es la única expresión. En el caso de la experiencia de Dios el silencio no sólo es el resultado de no alcanzar a explicar a aquel que es totalmente Otro por más que sea “más íntimo a mí que mi propia interioridad”, sino que el silencio se convierte en uno de los “lugares” para el encuentro verdadero, inmediato, hondo. Es en el silencio, “en lo escondido” donde somos desnudados de nuestras poses, donde somos llevados a través de nuestros miedos, de nuestra sombra, de nuestro desierto interior, al núcleo de nuestro ser. Un día tras otro la “estancia” en el silencio a través  de la oración contemplativa despoja progresivamente a la persona de lo que no es para permitir en ella el nacimiento-revelación de lo que es. Al regreso del silencio, la vida entera se transforma en lugar de manifestación de “lo que nuestros ojos han visto y nuestras manos han tocado”(1Jn 1, 1) y la cotidianeidad deviene “lugar sagrado” en tanto que nuestros ojos pueden ver a Dios presente en todo y todos.

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La palabra expresada a través del cuerpo y del silencio:

la práctica de la oración contemplativa

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¿Cuál es el camino para que cuerpo y palabra sean expresión de la Palabra? Aunque para un/a cristiano/a el prójimo y aún más el prójimo herido, empobrecido, sufriente es “lugar teológico”, no puede haber crecimiento interior sin la relación personal e íntima con la Fuente de su compromiso con la justicia. La oración contemplativa es el camino. Y ¿qué es la oración contemplativa? Es aquel estadio de oración en la que el silencio es la Gran Palabra y “lugar” de Encuentro fecundo más allá de las palabras, es el camino que, paso a paso, en un “no hacer” sino “dejarse hacer” nos transforma por completo en palabra viva. Inspirando el aliento divino en la oración en la que todo el ser aquietado se orienta hacia Dios, aquello que después “exhalamos” en la vida viene realmente de la esencia de nuestro ser, del aleteo de la “ruah” divina que aletea dentro de nosotros/as haciendo posible “una nueva creación”.

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«Ande la verdad en vuestros corazones como ha de andar por la meditación,

y veréis claro el amor que somos obligados a tener a los prójimos» (Santa Teresa de Jesús CV 20, 4).

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Elena Andrés Suárez