LA SOBERBIA · VIRTUDES CAPITALES III

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Enseñanzas de Clara I la Sabia:

 

La soberbia es un sentimiento de excesiva valoración de uno mismo, que me hace sobrevalorar mis ideas y acciones, despreciando las de los demás. Por tanto, para que exista en mí soberbia, es indispensable que haya alguien con quien poder compararme.

Curiosamente, la soberbia se dispara en mí cuando me veo inferior al otro, cuando me creo humillado; cuando estoy al lado de otro soberbio, alguien que se siente más o al que yo siento superior. Entonces yo me siento humillado y para contrarrestar este sentimiento disparo mi soberbia con la intención de humillar al otro. Es el famoso “Pues anda que tú…” que aprendemos ya de pequeños.

Cuando aparece en mí la soberbia me convierto de inmediato en Clara I la sabia. Yo sé siempre. Lo sé todo. Sé qué es y no es correcto, necesario, útil, conveniente… Y es inconcebible para mí que la plebe no me escuche, me mire embobada desde abajo y me diga cuánta razón tengo, reconociendo que sus míseras vidas no serían nada sin mí.

Dice el refrán popular “dime de qué presumes y te diré de qué careces”. Y es que la soberbia aparece para ocupar el lugar que no estamos llenando con amor propio, con autoestima, con el reconocimiento de lo bueno y valioso que hay en nosotros independientemente de lo que haya en los demás. Pero también con la aceptación de lo que nos falta, siendo también capaces de amarlo, impidiendo así que nadie pueda humillarnos.

Cuando vamos bien servidos de amor propio, cuando nos queremos y reconocemos de una manera sana, sencilla y legítima, no hay necesidad de comparación con nadie. No necesitamos ser más. Ni es posible que nos sintamos menos.

Según esto, nuestra soberbia, puede hablarnos de aquello que no soportamos ver en nosotros pero sí vemos en los demás.

Si pensamos en un soberbio, podemos reconocer los rasgos que pueden delatarle: necesidad constante de que le digamos lo maravilloso que es y lo bien que lo hace, sostiene un discurso que sólo habla de sí mismo constantemente, habla muy alto o se presenta de alguna forma llamativa, no reconoce sus errores y por tanto le cuesta muchísimo pedir perdón y se siente profundamente molesto ante las críticas.

Según esto, si tenemos la capacidad de reconocer en nosotros estos comportamientos soberbios, podremos detectar aquella parte de nosotros que no estamos siendo capaces de aceptar, que intentamos tapar a base de inflarla para disfrazarla. Ese lugar dentro de nosotros en el que nos sentimos diminutos y que además ponemos a merced de otros soberbios para sentirnos absolutamente humillados y ultrajados cuando siquiera osen insinuar que quizá sea remotamente posible que haya algo en nosotros que sea pequeño o mejorable.

Entonces, ¿para qué puede servirme la soberbia? ¿qué dice de mí? ¿qué pistas me da Clara I la sabia?

  • Si casualmente me doy cuenta de que yo sé perfectamente lo que le conviene al otro y me parece un soberbio porque no me deja ayudarle. ¿Cómo se puede ser tan autosuficiente?. Posiblemente el otro no necesita ser ayudado. O simplemente quiere probar a hacerlo solo. ¿No seré yo el que necesita ayudar? Así podré obtener su agradecimiento (necesito al otro para sentirme útil), su cariño (como le ayudo recibo el amor que yo no soy capaz de darme). Me sentiré útil porque la otra persona me hará saber que lo soy (y yo no soy capaz de decírmelo).
  • Cuando pienso que sé perfectamente lo que hay que hacer pero el otro, que por supuesto es un soberbio, no me escucha y decide hacer algo distinto, obteniendo como resultado algo que, obviamente, no es todo lo perfecto que cabría esperar (según mi acertado criterio). Es un ignorante (Hay que ver cómo es la plebe…). No como yo que sí sé. Sé cómo hay que actuar, sé discernir qué es lo más adecuado. Sé perfectamente lo que le pasa al otro… ¿O más bien ando un poco perdida y necesito que el otro confíe en mi criterio para creerme que tengo un criterio?
  •  Cuando el otro no para de hablar de todos sus logros y lo bien que lo hace todo y yo pienso que lo que le ocurre es que no tiene ni idea de cuáles son mis logros ni lo bien que yo lo hago todo. Si lo supiera no me hablaría así. ¡Qué prepotencia! ¿Qué se habrá creído? ¿Cómo osa dirigirse así a la reina? ¿Cómo se le ocurre a nadie siquiera insinuar que es más que yo? Quizá sea más bien que me digo “Vaya por Dios, está viendo lo pequeñita que soy. ¿Cómo es posible que se haya dado cuenta? Tengo que hacer algo para que piense que se equivoca…” Seguramente necesito aceptar que hay cosas en las que efectivamente soy aún pequeñita; esta aceptación me permitirá decidir si me interesa hacer algo para crecer en ese ámbito, y en caso afirmativo decidir qué haré para conseguirlo. O simplemente reconocer que soy pequeñita porque está bien así y no necesito hacer nada al respecto.
  •  Cuando el otro no se acerca a mí para darme la enhorabuena por mi trabajo, por mis logros, por mis resultados…y yo siempre le felicito por los suyos. Miserable…no volverá a obtener la aprobación de la reina porque no sabe corresponderla. Nuevamente necesito el reconocimiento del otro para sentirme reconocida. Pero además aquí hay un juego más perverso. Doy mi aprobación, mi felicitación, esperando que a cambio me des tú la tuya y así llenar ese espacio vacío de amor propio que albergo en mi interior…y si no la recibo además me enfado, porque no has cumplido el pacto que nadie hizo pero yo firmé por los dos.

Podría seguir escudriñando en ese vil comportamiento de mi reina sabia, soberbia, tirana. Pero lo cierto es que en resumen sólo trata de esconder aquello que soy tan incapaz de amar y aceptar en mí, que no puedo ni imaginarme lo que pensarían los demás si lo vieran.

¿Que te dice a ti ese rey sabio que te habita? ¿Frente a qué se crece y se eleva?¿Qué es aquello que considera mundano y mediocre? ¿A quién considera la plebe?

En realidad el juego ni es tan vil, ni tan maligno. Se juega simplemente para sobrevivir, para poder seguir tirando. Por eso es tan importante escuchar, contemplar. A solas. Sin nadie que opine. Sin nadie que juzgue. Sin nadie que evalúe. Solos tú y él. Y si  escuchamos desde el cariño, podremos darle un fuerte abrazo a nuestro soberano rey sabio y decirle al oído “Deja de sufrir, te quiero así, tal y como eres”.