La vida abriéndose paso

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Resulta asombroso ver cómo la vida se va abriendo paso y que se renueva al experimentar cada primavera cómo brota la vida que estaba replegada durante el invierno. De manera ineludible, antes o después, sin que sepamos cómo ni podamos detenerla, la primavera siempre llega por más duro que haya sido el invierno. Solo se trata de ser pacientes y esperar a que llegue el tiempo propicio para que todo florezca. Confiar en el Señor es parecido a esta experiencia de la naturaleza. 

Podemos pasar por fríos y áridos “inviernos” de circunstancias difíciles, pero nuestra historia leída con mirada de fe nos permite confiar en su Palabra y escuchar una vez más susurrándonos al oído eso de “no temas, que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre. Tú eres mío. Si pasas por las aguas, yo estoy contigo, si por los ríos, no te anegarán” (Is 43,1b-2a)

Podemos desear con todo nuestro corazón que brote de nosotros la mejor versión, esa que Dios sueña y que se suele esconder detrás de nuestras mil torpezas, pero, aunque no dependa de nuestro esfuerzo ni de nuestras ganas, mantenemos la esperanza de que “el Señor mandará la lluvia y nuestra tierra dará su fruto” (Sal 85,13). Seguro que nos esforzaremos con pasión en sembrar bondad a nuestro alrededor y manejarnos en la vida al estilo de Jesús, pero una vez hecho lo que está en nuestra mano, nos tocará esperar con paciencia a que sea el mismo Dios el que haga fructificar todas esas semillas sin que sepamos cómo (Mc 4,26-29). 

La vida se hace paso, pero el Señor de nuestra vida abre caminos insospechados para la esperanza ¿nos atreveremos a confiar?

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