Muchas veces tengo la sensación de que hay dos modos muy distintos de ocuparnos por los demás. Hay veces que la vida de quienes nos rodean nos preocupa “desde fuera”. Nos fijamos en lo que hacen o dejan de hacer, en las decisiones que toman, la gente con la que va… en el fondo, nos interesa la superficie de su existencia y, con frecuencia, esto es caldo de cultivo de maledicencias y cotilleos. Es algo así como lo que parece que le sucede a Pedro con respecto al discípulo amado (Jn 21,20-22), pues le pregunta a Jesús: “Señor, y este ¿qué?”. La respuesta del Resucitado va a dejar claro que no es una cuestión de su incumbencia: “¿a ti qué? Tú sígueme”. Ante esa preocupación “de cáscara”, se nos invita a prestar atención a cómo andamos viviendo cada uno, interesándonos más por nuestro seguimiento de Jesucristo que por lo que les sucede a los demás.

Pero también nos podemos preocupar “desde dentro” por los otros. Si somos capaces de descubrir tras las acciones de quienes nos rodean sus sentimientos, sus luchas, sus dificultades, sus miedos o sus alegrías, no será difícil reconocer lo que nos une a ellos y comprender mejor lo que viven en su interior. Este era, sin duda, el modo en que Jesús miraba a quienes le rodeaban, pues solo de aquí puede nacer la compasión que le caracterizaba (cf. Mc 6,34). Y ¿cómo es nuestra preocupación por los demás: “desde dentro” o “desde fuera”?