Las bienaventuranzas, una contracultura que humaniza

Share on facebook
Facebook
Share on pinterest
Pinterest
Share on twitter
Twitter

de Luis González-Carvajal

La pintura de Carl Bloch que aparece en la portada de este libro es «El sermón de la montaña», en ella podemos observar que hay quienes escuchan a Jesús embelesadamente, otros están pensativos y algunos incluso parecen irritados. Sentimientos que pueden aflorar en nuestro interior al leer las bienaventuranzas, puesto que de alguna manera «invierten los criterios de felicidad del mundo» (p. 51). ¿Cómo si no podríamos proclamar dichosos a los que lloran, a los que son perseguidos por causa de la justicia…? ¿Qué persona en su sano juicio no siente cierta repulsión hacia estos “modos” de ser feliz? Además, «los que lloran serán consolados», «los hambrientos serán saciados»; sí…, pero ¿cuándo?

Este libro nos va mostrando que es ahora cuando podemos empezar a experimentar el gozo de aventurarse bien por la vida; al fin y al cabo, eso significa “bienaventuranza”. Es la esperanza la que nos mantiene alegres y no se trata tanto de cuándo vendrán compensaciones por lo que sufrimos, cuanto en gustar de lo verdaderamente importante. Los destinatarios de las bienaventuranzas puede que no se den cuenta de que son felices y necesiten tomar conciencia de ello, porque el hecho es que lo son. Puede que también nosotros lo necesitemos. Bienaventurados los:

  • Pobres, los pequeños ante Dios. Quienes al adquirir un poco de poder no se endiosan.
  • Mansos, los “no violentos”, quienes no empuñan la espada y se exponen a morir en cruz.
  • Los que lloran, porque aman. Porque el consuelo hace posible una vida nueva.
  • Los que tienen hambre y sed de la justicia, porque justicia es querer lo que Dios quiera y eso significa estar siempre en camino, crecer, como un niño con apetito.
  • Misericordiosos, capaces de perdonar y de ayudar a quienes están en apuros.
  • Limpios de corazón, y no pensemos en manchas, sino más bien en quien no hay doblez.
  • Los que trabajan por la paz, que más que ser pacíficos o pacificadores, luchan por ella.
  • Y los perseguidos por seguir a Cristo… incluso cuando la persecución no viene de los enemigos de la fe sino de las autoridades legítimas dentro de la Iglesia. Porque es entonces cuando se adquiere cierto aire de familia con Dios mismo: «Alegraos ese día y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros». (Mt 5, 12)

Estas “ocho locuras” bien podrían ser ocho trazos que dibujan el rostro de Jesús, reflejan su experiencia vivida. Tomarlas en serio conlleva el riesgo de parecer ante los demás una persona fracasada, un «espectáculo» (1Cor 4, 9); pero en ellas radica la felicidad, la de verdad, y en su sentido más pleno.

Otras entradas...