LAS OCHO MONTAÑAS

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La sociedad de hoy en día está construida desde lo superficial y el grueso de la literatura responde a esta apetencia de la mayoría, que son los que compran los libros. El mundo editorial es una gran hidra que se alimenta de un mercado caprichoso e inmaduro y, son las menos, aquellas editoriales que apuestan por una literatura que cuestione el mundo. Ignoro si esta ópera prima de Paolo Cognetti llega a tanto, solo sé que me ha gustado mucho. 

El lector suele estar ávido de esos libros que se leen de un tirón, como suele decirse, que están llenos de sorpresas, como montañas rusas que suben y bajan, buscando el vértigo en sus páginas y alguna novedad en cada uno de sus capítulos. Sin embargo, Las ocho montañas fluye sereno como un río que desciende de las cimas entre las rocas. Avanza sereno, sin sobresaltos, con la naturalidad de la vida, sin prisas, pero sin pausas. 

Paolo Cognetti construye una historia que se basa en la relación entre dos amigos, desde niños hasta la madurez, pero ligada a las montañas, entre Turín y Milán. El lector asciende con los protagonistas a un mundo donde aprendemos a prescindir de lo superfluo, pero no exento de problemas y contradicciones. En una sociedad que siempre se empeña en lo superficial y lo gregario, Pietro y Bruno buscan elevarse, geográficamente y físicamente, trascender a su manera, lo que a la larga los llevará a vivir más hacia adentro, saboreando una interioridad que tanto echamos de menos en el mundo de hoy. 

Las ocho montañas está narrada con la pericia de un peregrino que conoce las sendas y describe el entorno natural en el que se desarrolla con la precisión de un bisturí. Su lenguaje es rico, exacto, evocador y poético. Se trata de una historia que atrae, que entretiene en su andar, pero no de una manera cualquiera, sino haciéndonos interesar por la naturaleza y obligándonos a reflexionar sobre el sinsentido que a veces nos hemos impuesto.  

Creo que el autor, experto conocedor de esas montañas, sin lugar a dudas, comprende que la felicidad está en la sencillez del ascenso, pero siempre recordando que, para subir, siempre hay que bajar. 

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