Lo que vale la pena

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Hace un tiempo fui a ver un espectáculo teatral de la compañía “La Cubana” que se llamaba “Adiós Arturo”. La obra no solo cuestionaba el modo en que nos situamos ante los funerales y los fallecimientos, sino, sobre todo, ponía al espectador ante la pregunta de cómo se planteaba su propia existencia. Entre bromas y canciones se invitaba a disfrutar de todo, a quitarnos las máscaras sociales, a quedarnos con las personas a las que importamos y a vivir cada momento con toda intensidad. 

Se trata, en realidad, el mismo mensaje que un libro bíblico, el Eclesiastés, proclamaba hace muchos siglos. En él se repite una demoledora frase que cuestiona muchos de los esfuerzos e inquietudes que atraviesan nuestra existencia: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad” (Ecl 1,2). La palabra que se suele traducir por vanidad en hebreo significa también vapor y remite a algo inconsistente, “fofo”, sobre lo que no te puedes apoyar. Como denunciaba con humor “La Cubana”, hay que renunciar a todo aquello que en realidad no vale la pena. 

Pero Eclesiastés no solo anima a dejar a un lado lo que nos inquieta pero no tiene importancia , sino que también exhorta a vivir y disfrutar de las pequeñas cosas cotidianas: “Lo mejor para el hombre es comer, beber y disfrutar en medio de sus fatigas y afanes bajo el sol, en los contados días de la vida que Dios le concede, porque esta es su paga” (Ecl 5,17). Como en el espectáculo de teatro, también este libro bíblico anima a gozar de lo pequeño y cotidiano. Si a todo esto le sumamos nuestra fe en que nuestra vida no termina con la muerte ¿cómo no lucir una gran sonrisa?

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