Madres de cualquiera

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Nos cogió la Pascua aún con la cruz a cuestas, preguntándonos si este año la resurrección sería la misma o pasaría de largo por entre los maderos de nuestros dolores. Aún la enfermedad, aún la ausencia de todos los que se han ido, aún la soledad y el miedo, aún la incertidumbre, aún la escasez. 

Cada día de la cincuentena pascual, desde hace muchos años pero con más ruido en este, me asalta una sombra: la de contemplar aún tantos crucificados, tantas llagas en el mundo y tanta sangre en los costados. Y cada año de nuevo, pero con más ternura en este, me sobre-asalta una figura humana con más brillo que mis sombras: ella, que no se aparta de las cruces ni aún en el día de Pascua, porque la primera cruz ante la que permaneció de pie le selló con unas palabras: “ahí tienes a tu hijo”, y no cesa desde entonces de engendrar vida para aquellos a los que amenaza la muerte.

María continúa al pie de la cruz, cantando Aleluya sobre las ruinas de cada hijo suyo, para que vivan de nuevo, para que vivan para siempre. La Vida del Hijo, que le habita, le lanza hacia aquellos que sufren y desesperan. Con ellos permanece, llena de luz, alumbrando sus noches, acompañando lo que no se puede comprender. El dolor no ha de ser explicado, sino abrazado, aliviado, cuidado, adoptado. 

Alcanzados por la Resurrección de Jesús, nos hacemos, como María, madres de cualquiera que necesite ser engendrado de nuevo. Movidos por la Vida que nos arde dentro “buscamos espontáneamente todo lo pequeño y débil, todo lo que gime y padece, todo lo que peca y se arrastra y cae, todo lo que necesita ser curado. Y damos en comunión a ese fuego que arde en nosotros a todas esas personas doloridas que atraemos al encontrarlas para que Él las toque y las sane” (Madeleine Delbrel).

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