“MAESTRA, NADA MÁS…Y NADA MENOS”

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Enseñar, la aventura más apasionante y desconocida para un educador…

Llegas con tu carga de conocimientos, metodologías, cursos, cursillos, charlas, coloquios…. 

Y entras “al ruedo” pensando en todo lo aprendido y llena de impaciencia por ponerlo  en práctica. ¿Y qué me encuentro?

Que después de unas miradas expectantes (y me felicito porque parece que les he gustado) “siguen a lo suyo”: reclamando mi atención, hablando todos a la vez, gritando para hacerse oír… y es, quizás, en esos momentos en los que nada de lo aprendido me sirve, cuando la humildad hace acto de presencia.

Y me olvido de mi planificación perfecta para atender, consolar, escuchar… y aprender  todo lo que no venía en mis libros de texto ni en mis elaborados apuntes…

Y, de pronto, me doy cuenta de que no soy nada especial encima de una tarima: sólo soy una acompañante en sus procesos de maduración y aprendizajes, que ocurren a mi lado y casi no soy consciente de ello

¡Cuántas maravillosas experiencias he ido acumulando lo largo de estos 43 años en mi colegio!

¡Y cuánto he aprendido de cada uno de mis alumnos!

He aprendido a ser paciente, a respetar sus ritmos, a pedir disculpas, a confiar en ellos, a valorar  sus capacidades,  no compararlos… a ser coherente.

 Y ¿cómo no? A dar gracias a Dios, cada día, por haberme regalado esta vocación que me ha hecho feliz durante toda mi vida profesional, y a tener presente en mi aula que es solamente el amor el que puede mover y cambiar el mundo.

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