A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
Gracias por confiar.

«María y el Tiempo Pascual» por Juan Carlos Martos, cmf

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María en la Pascua del Señor

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LOS HECHOS…

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  • Jesús murió y su cuerpo muerto «desapareció». El fenómeno más sorprendente, recogido por el Nuevo Testamento y en particular por los evangelios, es la desaparición total del Cuerpo muerto de Jesús. Después de tres días un cadáver no se disuelve totalmente. La hipótesis de un robo o de la profanación de su tumba fue ya desde el principio desechada. Pero, … ¿qué ocurrió exactamente con aquel cuerpo?
  • Tras la muerte de Jesús, María también «desapareció». Ella junto a la cruz, recibió un nuevo y sorprendente encargo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”; “ahí tienes a tu Madre” (Jn 19 26-27). Después, María se “evaporó”. Hay quienes se lamentan de que falte en el evangelio un relato de la «primera aparición» que sería obviamente la de Jesús a su madre. Tampoco se habla de una aparición de Jesús al discípulo amado -que había acogido a María como madre y presencia esencial en su vida-. Pero ¿qué explicación tiene su total ausencia y su silencio en los relatos evangélicos de la Pascua?
  • No «desaparecieron» otras mujeres. Los evangelios nos presentan, sin embargo, a la Magdalena como la primera agraciada con la aparición de Jesús (cf. Jn 20, 10-18). María no aparece, pero la Magdalena sí. Y tiene un rol muy destacado: recibir en primicia la aparición de Jesús. Junto a María Magdalena, otras mujeres como la madre de Santiago el Menor, Salomé y otras (cf. Mc 15, 40; Lc 23, 55) todas ellas discípulas de Jesús, le habían seguido desde Galilea, habían llegado hasta el Calvario y habían asistido a su ejecución. Estas mismas mujeres quieren ungir el cuerpo de Jesús. Entre ellas no está María. ¿Dónde estaba la madre del crucificado? ¿Por qué no estaba junto a ellas? ¿Con quién estaba?
  • Las mujeres averiguaron la «aparición» del Desaparecido. Dos varones con vestidos luminosos les anuncian que el cuerpo de Jesús había sido resucitado por Dios (cf. Jn 20, 12); había sido asumido en una forma de vida muy superior a la anterior. A partir de ahora, su cuerpo está definitivamente lleno de señorío y de vida: ¡más real que lo real! ¡más vital que lo viviente! Lo extraordinariamente nuevo es que el Señor no ha desaparecido. Son los ojos humanos los que ya no pueden percibirlo. Los sentidos topan con sus límites. Ante tanta visibilidad y luz, los sentidos se ciegan; ante tanta realidad el tacto se vuelve insensible; ante voz tan penetrante y transformadora, el oído se torna absolutamente sordo.
  • El anuncio de las mujeres sobresaltó a los discípulos. Estos no las creyeron. Pedro reaccionó con su búsqueda particular. Se extrañó de lo que vio en el sepulcro y de que el cuerpo de Jesús no estuviera allá. No deja de ser una ironía de la vida que aquellos a quienes confió Jesús su cuerpo en la última cena, sean los que lo pierdan; y que aquellas a quienes Jesús no confió su cuerpo, sean las que vayan a embalsamarlo y las más preocupadas en encontrarlo. Además, cuando se encontraron con el ángel, no tuvieron reparo en creer en su presencia real aunque invisible.
  • María no buscó entre los muertos al Viviente. María fue perfecta discípula de Jesús hasta el final. Si ser discípulo consiste en cercanía (estar con Él) y obediencia (hacer lo que Él pida); María estuvo con Él hasta la cruz y obedeció el encargo de ser madre del discípulo amado. Ella no necesitó buscar a Jesús en un sepulcro porque estaba vivo. Por ello no sorprende que, una vez resucitado, María colabore para que resucite -renazca- su comunidad. El «¡no está aquí!» de los dos mensajeros revela que las tinieblas del sepulcro esconden luz y vida; que la interpretación negativa del sufrimiento es equivocada; que existe una apertura positiva, un vislumbre de luz. María no necesitó buscar a Jesús. Creyó en Él Viviente.
  • María creyó sin ver. Del Discípulo amado se dice que, al correr hacia el sepulcro, llegó antes que Pedro: «vio y creyó». Los relatos de apariciones de Jesús señalan el «ver y creer». Sin embargo, el Resucitado le dijo a Tomás: «Bienaventurados los que sin ver creyeron» (Jn 20, 29). Su madre no necesitaba una aparición –“ver”-, cuando en ella la fe nunca cesó, porque siempre creyó. «¡Dichosa tú que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1, 45). Jesús nunca desapareció de su vida. En su corazón murió y resucitó. El Abbá no la excluyó en este acontecimiento en el que Jesús recuperó su vida para siempre.
  • María permaneció en la Comunidad tras la Pascua. El ocultamiento de María en la Pascua fue “roto” por una sencilla, pero significativa, anotación del evangelista Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, donde afirma, de forma clara y nítida que ella no estaba ausente. Ella no abandonó la comunidad. Permanecía de una manera discreta pero eficaz: “Entonces volvieron a Jerusalén… Cuando llegaron, subieron al piso superior donde se alojaban… Todos ellos, con algunas mujeres, la madre de Jesús y sus parientes, persistían unánimes en la oración” (Hch 1, 12-14).

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… Y LAS CONSECUENCIAS

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Uno de los asuntos más acuciantes de todo ser humano es el de la muerte: la de los otros y la suya. Acierta Leclerq al decir que «un hombre no es verdaderamente adulto hasta que ha mirado a la muerte cara a cara». Hemos de encararla todos. También tú. Es muy difícil responder a la pregunta de por qué los seres humanos reaccionamos ante la muerte de maneras no solo distintas, sino incluso opuestas: ¿Por qué la muerte de un ser querido vigoriza y curte a algunos, mientras destruye y amarga a muchos? ¿Por qué hay personas que valoran sobre todo las horas positivas, de su vida, mientras otros sólo pesan las horas oscuras, que tampoco faltan a nadie? ¿Es que unos son buenos y los otros no? ¿Es que unos son generosos y algún otro egoísta? ¿Cómo afrontar la muerte y sus señales precursoras? María, con su ocultamiento en los relatos de la Pascua de Jesús, nos ofrece luces para responder:

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  • Explora tu honda aspiración de vivir. ¡Qué conmoción sacudiría al mundo si apareciera un día este titular de prensa: «Se ha descubierto una hierba medicinal contra la muerte»! Desde siempre, la humanidad ha buscado tal hierba. Anhela una medicina contra la muerte, pero, al mismo tiempo, teme a esa hierba. Sólo el hecho de que en una parte del mundo la esperanza de vida se haya elevado de 30 a 70 años ha creado ya insolubles problemas. La vida que esperas no puede ser sin más una prolongación indefinida de tus años… ¡Buscas una vida plena más allá del fin de tu vida!
  • Mira con ojos de amor un poco más allá. Pregúntate qué es lo que les permite a algunos confesar la resurrección y abrazarla, mientras otros se quedan indiferentes o la rechazan. Hugo de San Víctor repetía: “¡El amor es el ojo!”. Cuando miras cualquier cosa con los ojos del amor, ves correctamente y comprendes con justeza su misterio. Lo contrario es también verdad. Cuando miras algo con ojos cansados, cínicos, celosos, o amargados, no ves correctamente, no comprendes su misterio. El amor capta el misterio. ¡El amor es el ojo! María tenía ojos de amor, por eso vio y comprendió que había vida más allá de la muerte.
  • Confirma que hay vida más allá del cementerio. Sal de la tumba de tus pesimismos; no dediques tiempo a lo que está sin vida; no te entretengas en lo que no te hace vivir. María no se acercó a un sepulcro sino a las regiones de la vida, donde estaba resucitando una nueva comunidad. Es posible que vuelva la vida a lo que está muerto. Todo cuerpo muerto tiene fecha de caducidad. Está amenazado de vida. Dios Padre y su Espíritu están al acecho. En cualquier momento dirán a los difuntos y a los que no tienen vida: «Tú eres mi hijo, mi hija, mi pueblo… ¡yo te he engendrado hoy!”. Y así, ante los signos de muerte de tu vida, de la Iglesia, ¡no desesperes!
  • Libérate de tus miedos. ¿Te sientes condenado a vivir con el miedo a la muerte cargado sobre sus espaldas? Los seres más tristes de este mundo parecen personas que, agobiadas por el pánico a la muerte en cualquier pérdida, se olvidan de vivir. Sé de aquellos que han logrado mirar a su propia muerte con serenidad, que han sabido asumirla como una parte real y normal de su propia vida y que, desde la certeza de la Pascua, toma redobladas fuerzas para sacarle más jugo a sus años.
  • No te canses de buscar a Jesús entre los vivos. Si te es concedido creer en la Resurrección y le buscas apasionadamente entre los vivos, le encontrarás. El no se aparece a los indiferentes, a los distraídos, a los tercos, a los que ya se lo saben todo y lo dan por supuesto. María fue la madre que nunca se cansó de esperar. La aparición es el regalo concedido a la ardiente espera, a quien no acaba de creerse que «todo lo que ocurrió con Jesús de Nazaret» sea una mentira.
  • Búscale entre los crucificados. María de Nazaret estuvo presente audaz y amorosamente en el Calvario, junto a la Cruz a la hora de la muerte de Jesús. Quien se acerca a los calvarios de nuestro mundo, quien se siente invadido por la compasión, recibe el don de la sensibilidad ante la Presencia. «Bienaventurados los compasivos porque ellos verán al Señor Jesús» y no necesitarán de otras apariciones. Sin compasión ante el sufrimiento de nuestros hermanos, quedamos anestesiados para poder palpar la Presencia del que nos parece ausente.
  • Permanece con María en Casa del discípulo amado. Si te es concedido creer en la resurrección, … entenderás perfectamente que tras resucitar Jesús, lo primero que resucita es su comunidad. Las apariciones de Jesús tienen lugar allí donde la fe se tambalea. Jesús se aparece para despertar esa fe, para llamar de nuevo, para enviar. Cuando tu fe se tambalee, también necesitarás una «aparición pascual». No puedes exigirla, pero sí esperarla. Ponte junto a María, que se recoge en la casa del Discípulo amado. Cuando tu fe se tambalee, permanece en la Iglesia, al lado de María.
  • Afina tus sentidos interiores. El relato de cualquier aparición del Resucitado te confronta con la calidad de tu fe y confianza. Cree de verdad en la realidad de Jesús y desconfía de la capacidad de tus sentidos para detectarlo. Necesitas un «suplemento de fe», dados los límites de nuestra percepción sensorial (“praestet fides supplementum sensuum defectui”). Pide esa fe… y aguza tu mirada y tu oído ante el que está pero no le vemos.
  • Transfórmate en misionero. Si te es concedido creer en la resurrección, te convertirás en mensajero de la vida. La aparición de Jesús a María Magdalena la convierte en mensajera de un Jesús que se muestra «hermano». No le dice Jesús: «vete y dile a mis discípulos», sino «a mis hermanos». De la Pascua surge una gran fraternidad y sororidad que debemos cultivar, sabiendo que Jesús es nuestro Hermano mayor. Si Él te trata como hermano o hermano, también debe tratar a los otros. Crea fraternidad y sororidad.

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Juan Carlos Martos cmf