Mi Palabra: «PALABRA» José María R. Olaizola

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Vaya por delante que, por mucho que uno sintetice, no se puede resumir la vida en un concepto. Tengo la sensación de que son demasiados momentos, caminos, nombres, heridas, aciertos y equivocaciones lo que se va incorporando al equipaje, y tratar de reducirlos a uno sería demasiado. Con esa salvedad, si tuviera que utilizar un  solo concepto, ese sería, precisamente el de “Palabra”. Creo que la palabra define en buena medida mi vida. Y es por tres razones.

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Primero, porque sigo a Aquel que se define como Palabra, la palabra viva de Dios. La Palabra que se hizo carne y acampó entre nosotros, como nos recuerda el evangelio del día de Navidad. Palabra que no se queda en los labios, sino que se convierte en beso, en gesto, en abrazo, en compromiso real y aterrizado, en bienaventuranza encarnada. Todo esto es Él, y por eso mismo, uno, con  mucha más fragilidad y mucho barro en las alas, intenta ser, al menos, eco de esa palabra en nuestro mundo. Y esa Palabra, que es Jesús, va tomando rostros, formas y matices que para mí se han convertido en manantial en el que uno encuentra mucha vida: y es “amor”, “misericordia”, “justicia”, “pasión” o “libertad”.

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Segundo, porque desde hace ya varios años, me he dado cuenta de la responsabilidad enorme que uno tiene cuando puede utilizar las palabras. Y creo que ese es, en buena parte, mi talento (y por ello mismo, mi deber).  Dedico buena parte de mi vida, y entiendo mi misión, como un servicio a través de la palabra.  Palabra escrita, en artículos, en poemas, en libros, donde trato de compartir cómo voy entendiendo el evangelio y a Dios en nuestro mundo. Y he descubierto que esas palabras  pueden servir de puente, que ayude a otros a iniciar el camino hacia quien de verdad importa. Palabra hablada, en la predicación, en las homilías con las que uno intenta traducir el evangelio a contextos y situaciones vitales que son tan de hoy. Palabra escuchada en los labios de otros que comparten también sus inquietudes, sus búsquedas y aprendizajes. Las palabras inspiran respeto, porque pueden estar vacías o ser un puro tópico sin contenido real, pero cuando se dicen de verdad, tienen el poder de transformar vidas. Nos ayudan a tender puentes y a conservar las memorias más auténticas y más profundas. Un “te quiero” dicho de verdad  puede ser el mejor bálsamo para algunas heridas. “Que vuestro sí sea sí y vuestro no sea no”, (Mt 5, 27) es un recordatorio de que no hay que jugar con lo que uno dice, ni decir lo que uno no piensa o no cree. En el libro de los Ejercicios Espirituales, dice San Ignacio, a quien, como buen jesuita, tengo en alta estima, que “El amor ha de ponerse más en las obras que en las palabras”. Es una buena lección y un recordatorio de que si la palabra no va más allá del verso o la fórmula, por muy sonora y lírica que sea, no sirve para nada.

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Tercero, por la importancia del silencio, que es como el reverso de la palabra en este mundo y esta vida. Para poder escuchar las palabras que de verdad importan hace falta tener espacios de silencio, exterior y sobre todo interior. Cada vez voy descubriendo como más importante esa dimensión de la vida. Esa necesidad de callar, de dejar que la vida fluya más despacio y menos asaeteada por un incesante fluir de ruidos, palabras y discursos.

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Creo que esto es todo, o parte, o un poco. Y es que, paradójicamente, hay mucho que no cabe en las palabras. Un fuerte abrazo.

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José María Rodríguez Olaizola

@jmolaizola