movidos por una presencia que nos sobrepasa y acompaña

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Ahora que está a punto de terminar este curso… puede ser bueno pararnos en algún momento y ver si nos hemos dejado llevar por el Espíritu de Jesús o hemos sido nosotros quien llevábamos las riendas…

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Nos disponemos hoy a tener un día de retiro. El centro de este día será el Espíritu. Como siempre el objeto de un día de retiro es darle a Dios la palabra, dejar que resuenen sobre nosotras todos aquellos gritos y susurros que el Espíritu está deseoso de trasmitirnos. Una vez más, es importante tratar de no adelantarnos, de no precipitarnos porque si no acabaremos, de nuevo, escuchándonos a nosotras mismas.

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pentecostésHoy es bueno que nos paremos, reflexionemos y revisemos qué espacio hemos dejado y queremos seguimos dejando al Espíritu en nuestra vida. Pregúntate: ¿Es Él el auténtico protagonista de mi vida o sigo siendo yo con mis intereses, gustos personales, deseos, proyectos, caprichos…?

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Importa mucho que te detengas a captar su presencia envolvente y dinamizadora, tanto en ti como en la complejidad de la realidad. Has de comenzar con el deseo sincero de que el Espíritu encuentre en ti algún resquicio por el que colarse dentro de ti  y «hacer de las suyas».

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Tú no puedes ni producir ni controlar la acción del Espíritu. Tienes claro que éste «es como el viento que sopla dónde y cuándo quiere», que, a lo más, escuchas su rumor pero no puedes encerrar este viento en predicciones o esquemas fijos. Esto, que está claro en lo teórico, resulta un costoso aprendizaje en la práctica. Cuesta mucho respetar esa libertad del Espíritu, que pasa por nosotras, es cierto, pero que, en realidad, no nos pertenece, no podemos hacer de ese paso una conquista, una propiedad privada, un derecho o un trofeo.

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Esa es la fuerza y la debilidad de esta experiencia. Por una parte gracias a ella se han producido en ti cambios que por ningún proceso de crecimiento hubieras alcanzado (un sentimiento hondo de confianza en la vida a pesar de todo, una esperanza que no se apoya en los logros alcanzados, una resistencia que se vence y que no es fruto de nuestra madurez, un modo de amar que nos recorre pero que no es nuestro…). Pero, por otra, es una experiencia frágil. Tienes que «aprender a vivir de prestado» y eso es algo que no brota de nuestro natural; dejar que nos recorra una presencia sin que la podamos controlar, dejar que nos empuje una fuerza sin que nazca de nosotros… Esto no es fácil. Porque no es cosa nuestra y porque «lo nuestro» muchas veces es resistirnos.

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Quizá en un momento de tu vida has podido vivir experiencias intensas en las que parece que rozas la presencia de Dios, su paso por ti o por la realidad; experiencias que han dejado una huella honda en tu  corazón y que te gustaría que el peso de la vida no pasase por encima de ellas como una apisonadora. Sin embargo, pronto compruebas que cuando pretendes de alguna manera agarrarlas se te escapan, esquivas, entre los dedos. Descubres que te pusieron en camino pero que no puedes vivir de las rentas.

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Quizá no te cueste demasiado, en un momento puntual, pedir con verdadera pasión la luz y la fuerza del Espíritu, sobre todo ante situaciones especialmente difíciles o dolorosas para ti o ante decisiones en las que te juegas mucho. Pero te cuesta mucho más permanecer en ese estado habitual de constante súplica, búsqueda y vigilancia. Te resulta más difícil estar atenta en cada momento, cada día, a lo nuevo que te trae el Espíritu, mantener esa «escucha sostenida» por la que todavía le dejas cancha al Espíritu para que te sorprenda y te transforme.

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Cada edad, cada circunstancia nueva, cada racha que estás atravesando, cada encuentro con personas o contextos diferentes… te va trayendo nuevos aires, nuevos desafíos y también nuevas amenazas. El Espíritu sopla de una manera distinta en cada momento, y en cada momento te propone algo nuevo, no puedes vivir de rentas. Has de estar atenta a los nuevos mensajes que te deja el Espíritu, cada día. La afirmación a la que nos adherimos con fuerza es que no hay ninguna circunstancia, por adversa que resulte, en la que el Espíritu no pueda hacerse presente ni realizar su obra en nosotras: ni la edad, ni la enfermedad, ni la desilusión, ni la falta de intereses…

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Unas veces con nuestro consentimiento, aliándose con nuestros quereres y llenando nuestras capacidades de su luz y su influjo. Otras veces, muchas por cierto, trabajándonos en lo oculto, a nivel inconsciente, de modo que sólo más tarde descubrimos sorprendidas que el Espíritu estuvo allí, en nuestros sótanos interiores, tratando de llevar un poco de luz y apuntalándonos para que no nos viniésemos abajo del todo. «Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte…». Y entonces, el agradecimiento se apodera de nosotros porque sabemos que, si no hubiera sido por su paciencia, no le hubieran faltado razones para habernos desahuciado. «Veréis lo que hizo (y lo que hará) por vosotros, le daréis gracias a boca llena”.

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  • Lee el texto de Lucas 14, 25-35. Desde ahí y en clima de oración trata de responderte a estas preguntas:

espiritu-santo

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– ¿Por dónde está actualmente emergiendo en mí el Espíritu como sorpresa y como transformación, por dónde intuyo que Dios me quiere conducir en esta etapa de mi vida?

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Toda realidad y todo tiempo está habitado por la presencia y el trabajo del Espíritu. ¡Todo! A ti te toca pararte a detectar dónde te está Él citando en cada momento, dónde se te está haciendo presente de una manera más acuciante. Si es en medio de los cambios repentinos e intensos que vives o inmersa en una tarea que apenas te deja tiempo de reposo, o si es cuando vives con intensidad lo cotidiano y lo ordinario, lo gris, o en periodos de inactividad o de dureza. En toda ocasión el Espíritu te ronda y te habla. Te aguarda.

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Hay veces en las que te has sentido llena de vigor, de iniciativas, incluso has experimentado que el Espíritu ha actuado a través de ti. Ha sido Él, lo tienes muy claro. Tú, acaso, pusiste tu disponibilidad, tu pequeño esfuerzo, pero la corriente de vida que pasó por estos cables (a través tuya) no puede ser producto del hilo conductor. Otras veces, sin embargo, quizá has puesto más esfuerzo y más ganas y en apariencia los resultados han sido menos aparentes. ¿Quién puede decir que en el primer caso el Espíritu estuvo más presente que en el segundo?

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Nunca sabrás del todo si el Espíritu estaba ahí donde creímos detectarlo. Tampoco esto es lo más importante. En algunas ocasiones tendremos más acierto y en otras menos. También esto lo dejamos en sus manos, lo mismo que el grado de fecundidad que hay en nuestros «éxitos y fracasos». Acaso lo importante no sea acertar sino el que vaya creciendo en nosotras esa actitud de disponibilidad, de búsqueda, de «obediencia» en definitiva a la acción de Espíritu («Alegraos más bien de que vuestros nombres están grabados en el corazón de Dios «).

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Lo que a nosotras nos toca es ese estar atentas a detectar y secundar, a ver por dónde asoma la presencia y la acción del Espíritu para ponernos detrás de Él y ser movidas en la misma dirección. Ser atraídas y empujadas por Él. Porque Él siempre va por delante: en la lucha por la justicia, en el encuentro con el pobre, en la tarea educativa, en nuestro barrio, en aquellas iniciativas que se están gestando… Él va por delante y tira de nosotras hacia sí. Lo nuestro es secundarle, estar atentas para no ponernos por delante y suplantarle. Atentas a no anunciarnos a nosotras mismas cuando decimos hablar de parte de Otro, a no reclamar reconocimiento cuando queremos ser «tuberías» por donde corre el amor de Dios, a no fijarle al Espíritu los lugares y los modos en los que, en «buena lógica», debe aparecer.

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Nos toca estar constantemente dispuestas a «rectificar el rumbo» cuando vemos nuevas señales, nos toca dar nuestros pequeños «sí» allá donde, modestamente, pensamos que va asomando el Espíritu, pidiendo nuestro asentimiento y nuestra colaboración. Nos corresponde introducirnos en esa corriente de Vida que es el Espíritu y dejarnos llevar por ella, contagiarnos un poco de su gratuidad y de su trabajo infatigable. Convertirnos en frágiles veleros dispuestas a orientar sus velas en la dirección de ese Viento y así adentrarnos en el mar. Pero sobre todo lo que nos toca es permanecer. Permanecer, recibir cada día lo que el Espíritu nos trae, consentir cada día en ir adonde el Espíritu nos lleva. Con la convicción de que nunca es demasiado tarde, con la convicción de que estamos en buenas manos.

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  • «El Espíritu Santo le empujó al desierto». Mt 4, 1

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desiertos– ¿Hacia dónde está tirando el Espíritu de ti en este momento?:

– Hacia una fidelidad más amorosa en lo que haces (poco o mucho).

– Hacia una nueva etapa en tu vida y el modo de vivirla.

– Hacia una mayor apertura al mundo en forma de creatividad, implicación y compromiso.

– Hacia una confianza mayor en Dios en forma de concentrar en Él la vida.

– Hacia iniciativas concretas y valientes en la evangelización, la acción social, el trabajo.

– Hacia…

¿Cuál es tu actitud ante estos reclamos? ¿Secundar la acción del Espíritu o negociar tu grado de  implicación?

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Tenemos que reconocer que esta «sintonía» con el hacer del Espíritu está cargada de interferencias. Incluso parece que el propio Espíritu se esconde, como si quisiera que le buscásemos de otra forma, más gratuitamente, más anhelantemente, con mayor respeto a su singularidad y a su libertad. El Espíritu, en esas ocasiones, en lugar de agua lo que parece darnos es más sed, para que no hagamos de su paso fugaz una plaza fija.

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Las interferencias pueden venir de cualquier parte, de dentro o de fuera de ti, de tus actitudes, de factores culturales o de heridas personales. Unas veces toman forma de rigidez y nos atrincheramos en nuestras ideas, en nuestros principios o en nuestras manías. Otras veces nos dejamos deslizar por la desidia o por el conformismo, que son una especie de desesperanza inconfesada. Y en ocasiones, nos invade una mediocridad en la que cumplimos pero no nos entregamos o nos damos atropelladamente, a golpe de “lo que me apetece” o de lo que surge. Casi siempre las interferencias nos vienen de que no hemos sido capaces de cuidar suficientemente esta espera y entonces han crecido «otras hierbas» en nuestro jardín.

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A menudo nos cansamos de tener que estar constantemente viviendo en esa especie de «dependencia salvadora», nos cuesta vivir «de toda palabra que sale de la boca del Padre», tener que estar constantemente pidiendo luz y fuerza, cuando lo que palpamos en nosotras y a nuestro alrededor es, muchas veces, oscuridad y fragilidad reincidentes. Nos asalta entonces la tentación de… Cada una tenemos la nuestra…

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¿Cuál es la tentación que a ti te asalta en esos momentos de fragilidad, de cansancio, de desconcierto…?

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Conocer nuestras interferencias es importante para que, conociéndolas, pierdan un poco de su poder destructor sobre nosotras y para poder abrir, precisamente por ahí, alguna grieta. Para convertirlas en deseo, en anhelo y en la súplica de que no sea todavía demasiado tarde para nosotras. Desde la convicción serena y esperanzada de que «es posible nacer de nuevo, porque para Dios no hay nada imposible». El gran desafío para nosotras y el verdadero motivo de súplica es que el Espíritu actúe precisamente en medio de esta realidad y no sólo al margen o a pesar de ella. Y un regalo inmenso es encontrar una hermana que, con el mayor cariño del mundo, sea capaz de hacerte de espejo porque muchas de nuestras «interferencias» a la acción del Espíritu están ocultas a nuestros ojos, funcionan en el nivel de lo inconsciente.

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¿De dónde vienen principalmente tus «interferencias», las dificultades para detectar y secundar la acción del Espíritu en ti y en el mundo?

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– De mis resistencias personales a «dejarme hacer», de mi inmovilismo.

– De no querer complicarme demasiado la vida.

– De mi falta de fe en que «para Dios no hay nada imposible»

–   De…

 ¿Cuál es tu actitud ante estas u otras interferencias posibles?

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  • Lee 2 Co 12, 7-10: “Te basta mi gracia”…

– ¿Qué parte realista de ti misma o de tu contexto te hace vivir, en estos momentos, con mayor dificultad la presencia de Dios, la confianza en ti y en los otros?

– ¿Qué experiencias concretas están siendo en estos momentos para ti cauce de la acción de Dios? Reconócelas y agradécelas. Ponlas a disposición de Dios

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No queremos ser movidas por un espíritu cualquiera sino, precisamente, por aquel que «habitó y empujó» a Jesús. Un Espíritu que sabe a Padre-Madre y que sabe a Reino. Quisiéramos que de tanto mirar a Jesús, de tanto empaparnos de Él, de su presencia, de su hacer, de su fuerza salvadora… se nos fuera contagiando un poco de su mismo Espíritu.

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Ese Espíritu nos adentra en esa experiencia de Jesús por la cual percibimos que toda la realidad, incluida la más cruel, está envuelta en la ternura de su Dios-Abba. Y eso nos llena de confianza. Y, a la vez e inseparablemente, el Espíritu de Jesús nos sumerge en la dinámica del Reino, en ese Sueño de Dios que ya está en marcha, aunque sea en forma de grano de mostaza, y que asoma cuando los pobres (y lo pobre que hay en nosotras) cobran futuro y esperanza. Y eso nos anima a entregar nuestra disponibilidad y las muchas o pocas fuerzas de las que disponemos.

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No podemos controlar del todo ni la realidad ni el futuro, a pesar de todos los medios que pongamos o de todos lo avances con los que contamos. Es mucho lo que aportamos en la vida pero es más lo que la vida nos trae. Nos vamos haciendo a nosotras mismas con lo que construimos pero sobre todo con el modo de encajar, asumir y dar sentido a lo que la vida nos trae.

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De esta manera descubrimos que las cosas son como son y el modo en que las procesamos. Así, donde en un momento vivimos desgracia y sólo desgracia, aquello resultó ser más tarde el modo concreto en que surgieron aprendizajes y experiencias que de otra manera no hubieran surgido… O una situación de éxito que viviste en su momento como regalo, a la larga te llevó a apegarte a aquello que lograste, te cerró a los otros, te llenó de vanidad y te embotó la sensibilidad… La realidad es ambigua y está abierta a ser vivida de distintas maneras, a ser portadora de vivencias que en principio parecían no estar en ella.

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Un creyente empieza a serlo cuando descubre que Dios habita, sostiene y acompaña toda la realidad (cf. Mt 28, 20). Cuando cuenta con el suficiente realismo como para saber que la realidad es ambigua, la vida es limitada e imprevisible y que Dios no es un mago caprichoso que hace milagros a nuestro servicio. Pero cuenta con la suficiente confianza como para saber que ni la desgracia ni la fortuna tienen la última palabra sobre su vida ni sobre la vida del mundo. Hay un Amor concreto y activo que lo sostiene todo y que tira de la realidad hacia Sí. Su Espíritu vivificador. Sin que una sepa cómo. Al creyente se le cuela en el corazón una confianza que no descansa realmente en lo constatable sino en la promesa y en la fidelidad de Dios.

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Al final, cada vez más, lo que va quedando en un creyente es la relación desnuda. El recuerdo afectivo de que “esto o aquello lo viví Contigo”, la memoria agradecida y humilde de su perdón. La gratitud por tanto regalo inmerecido y el reconocimiento de que es su fidelidad, más que la mía, la que mantiene en pie nuestra relación. Y no es que uno ya no tenga miedo al futuro, al deterioro, al fracaso, al no poder… Lo tiene, sin embargo pide, espera, confía y no deja de querer “rastrear” el paso de Dios que nos empuja.

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Por eso, podríamos hacer nuestra para todo tiempo y lugar esta pequeña oración: pase lo que pase, que me pase contigo, Señor. No pedimos que nos sucedan cosas extraordinarias o que las cosas nos vayan bien. Ni si quiera pedimos que dejen de pasarnos desgracias o males (aunque, evidentemente, preferimos y perseguimos las primeras y tratamos de evitar las segundas). Lo que sí pides, y esto por cierto con todas tus fuerzas, es que este Dios entrañable, que pone en todo vida, futuro y esperanza, no se aparte de ti. Pides que todo, absolutamente todo, lo vivas a su sombra. Dios seguramente no va a evitarte la desgracia o el dolor (realismo) pero va a vivirlos contigo para que el sufrimiento no te rompa del todo por dentro y para que los éxitos no se vuelvan sutilmente contra ti y contra los demás (confianza). Incluso si todo te falla, Él permanece fiel.

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hablame

A nosotras nos toca ser humildes versiones actualizadas de la experiencia de Jesús, realista y confiado a la acción de Dios. Esto no lo haremos a base de puños, sino a base de mucho ser transformadas y configuradas por el Espíritu de Jesús, injertadas en Cristo (cf Jn 15, 1-17). Es una cuestión de «trasvase», esto es, de que algo de lo que vivió Jesús y del modo de vivirlo pase a nosotros y nos trabaje por dentro. Y esto es tarea del Espíritu que ha sido derramado en nuestros corazones.

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Nos toca hacer las mismas obras que hizo Jesús: traer esperanza, hablar bien de Dios, levantar, sanar, pasar haciendo el bien… pero hacerlas como Él las hizo, con la misma confianza en el Padre, con el mismo respeto a la libertad de las personas, con su misma paciencia y entrega. Y, ojalá, con un poco de su mismo amor. Y esto sólo puede ser obra del Espíritu, que hace en nosotras y a través nuestro… Si Él quiere… hasta donde Él quiera.

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Vuelve otra vez la mirada sobre tu realidad actual y sobre el futuro más inmediato que comenzamos: tu relación con Dios tal cual es en este momento, tu relación con las hermanas de comunidad, con nuestros vecinos, con los pobres, con la gente con que trabajamos… tus sentimientos ante el futuro, ante tus tareas o tu misión, ante las circunstancias que vives y te aguardan… tus miedos, tus dificultades reales, tus fantasmas, tus deseos…  Y posa sobre cada una de estas realidades esa oración: “Esto quiero vivirlo contigo”. Nada hay que no pueda ser vivido con Él, si nosotras queremos.

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Y así, deja que la confianza se vaya transformando poco a poco en disponibilidad:

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“Contigo Señor, lo que quieras, donde quieras. Contigo Señor y ojalá como Tú.

Haz conmigo hasta donde puedas”.

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