Nigeria, la eterna epidemia

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En Pulka, una pequeña población al noreste de Nigeria, no se puede hacer cuarentena. No se puede evitar el contagio quedándose en casa y tampoco es posible lavarse las manos continuamente. Pulka, con más de 60.000 habitantes, está, en realidad, cerrada al exterior desde hace muchos años. Boko Haram controla todo su territorio circundante y cruzar la frontera del pueblo significa exponerse a ser secuestrados o asesinados.

Pulka fue liberada del dominio de Boko Haram en 2015 y, desde entonces, se ha convertido en un “enclave”. Así han denominado a los lugares que, situados en la zona invadida por el grupo terrorista, resisten heroicamente a su poder, protegidos por un cinturón militar que vela día y noche para frenar los ataques. “Todas las noches escuchamos bombardeos y balas en las afueras de la ciudad, donde opera el ejército que nos defiende”, me cuenta mi amiga María, que se mudó a Pulka en septiembre para coordinar el proyecto que Médicos Sin Fronteras (MSF) desarrolla allí desde hace cinco años.

Pulka tiene población propia, unas 30.000 personas, y otros 30.000 refugiados que se hacinan en campos abastecidos enteramente por ayuda humanitaria. 

Epidemias como el cólera e incluso el sarampión son su pan de cada día. “El coronavirus es, sencillamente, una amenaza más”, dice María. “Aquí, las enfermedades con infección respiratoria son muy corrientes y, como no tenemos test para diagnosticar el virus, no sabemos cuántos de los que están enfermos es por COVID 19”. No cuentan con medios de protección, ni con respiradores, ni con mascarillas, ni con espacios de aislamiento. Lo bueno es que este virus, explica optimista María, “tiene un índice de mortalidad mucho más bajo que otras epidemias a las que nos enfrentamos cotidianamente”. Los que sobreviven se hacen más fuertes; los que no, son acompañados de la mejor manera en sus últimos momentos y, después, religiosamente enterrados.

Ellos conviven desde siempre con la muerte, con el dolor y el miedo. Dependen absolutamente de la ayuda humanitaria externa y viven sabiendo que, en cualquier momento, tendrán que huir de nuevo. Aun así, el hospital de MSF asiste más de 60 partos semanales, porque solo la vida combate radicalmente la muerte.

Durante nuestra conversación, María nos transmite la alegría de gastar la vida por los que sufren, la libertad de haber renunciado a sí misma, la luz que se emana cuando se vive de lo esencial.

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