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“Nos tiene el mundo acorraladas e incapaces” (CE 4,1)

Teresa hablaba del mundo patriarcal eclesial, sustentado por el “techo de cristal” que imponen determinadas mujeres a otras. Lo sufrió como una maldición: incomprensiones, maledicencias, suspicacias, afrentas… Lo superó aferrándose a la evidencia:  “veo los tiempos de manera que no es razón desechar ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres” (CE 4,1).

Aquella monja, tan graciosa y seductora, era una mente privilegiada, realista. Lo sabía, pero “no se creyó el papel”: el humor le dio perspectiva. Captaba todos los puntos de vista, y eso la hizo aún más polifacética. Creyente por enamoramiento, no por imposición, Jesús fue su vida. Fundadora a su pesar, libró una gran batalla interna, transida de resistencias inconscientes. Le pudo el miedo antes de lanzarse a una aventura “andariega” que desbordó su alma ya en la madurez: cuando se sintió capaz de irradiar su fuerza, su devoción por Dios.

“Inquieta”, caminó hasta la extenuación en busca de lo Real: compartió la sed de la Samaritana. Y por ello fue tachada de “rebelde y contumaz”. Pero poco tenía de eso. Simplemente era mujer: ese fue el gran escollo, incluso para proclamarla Doctora de la Iglesia. Sencillamente, Teresa fue obediente a su deseo, a su conciencia. Y por ello fue sumisa únicamente a Aquel con quien “trataba de amistad” (cf. V 8,2). El Dios que encontró en su interior la hizo libre. Esa fue la Verdad que la impulsó. Y su legado para nosotr@s.

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