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ORAR - AD/ORACIÓN - Acompasando

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A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
Gracias por confiar.

ORAR – AD/ORACIÓN

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AD-ORACIÓN

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Después de la travesía cuaresmal, del paso por el desierto, para celebrar el acontecimiento central e inaudito de la Pascua, ahora con el sentimiento y la certeza renovada de que Cristo está vivo y ya no muere más, ¿cómo  podremos orar? ¿qué matices peculiares tiene la oración en Pascua? Nos fijamos en lo que les ocurrió a los discípulos:

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  • ¡no se lo podían creer! Es la sorpresa más absoluta.
  • Jesús se les aparece, y algunos se postran en actitud de adoración, aunque otros dudan…
  • aprenden a reconocerle en los nuevos signos de su presencia: un pan, unos peces, un saludo de paz, unos gestos, un encargo de ir a predicar…
  • se sienten agradecidos, emocionados porque les restituye su amistad, nada les reprocha Jesús, el Señor…
  • se reúnen de nuevo… el resucitado congrega lo disperso
  • aumenta la alegría y la esperanza hasta límites insospechados, la valentía… empiezan a anunciarle como Señor. Dan la vida por esa causa.

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La oración en Pascua revive en cada cristiano esos sentimientos y certezas… la oración nos ayuda, como a los discípulos, a reconocerLe en sus nuevas presencias. Oramos a Alguien VIVO y presente, oramos porque está VIVO. Interiorizamos el fuerte impacto del acontecimiento pascual. Porque no podemos darlo por sabido. ¡Es una sorpresa absoluta!  No acabó la muerte con Él. Es el Señor. Mi Señor. La última Palabra siempre la tiene y la tendrá la Palabra.

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Queremos insistir ahora en el aspecto de ADORACIÓN: Jesús de Nazaret ha sido constituido Señor… la resurrección es la garantía de que lo que ha hecho y dicho es verdad y la actitud que cabe ante él solo es la adoración humilde, confiada, cierta. EN ESPÍRITU Y EN VERDAD.

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Ad-orar significa traer a la boca, besar, dar gracias a alguien… Es reverencia a un ser u objeto que me importa tanto que le rindo CULTO, le entrego la vida.

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Adoramos a Dios con los labios, alabándole por lo que es y dándole las gracias por lo que ha hecho (Ef. 5, 19-20), pero al mismo tiempo le adoramos con todo el ser (cuerpo y mente) obedeciendo su voluntad (Romanos 12, 1-2). La adoración tiene más que ver con la vida que con el culto litúrgico.

Adoramos en espíritu y verdad dejándonos iluminar por la Palabra de la Verdad que nos dice lo que Él es y lo que es el ser humano. Es la adoración al Señor lo que nos  hace libres, porque al adorar estamos en la Verdad: somos hechura de Dios. En la adoración nos encontramos con Dios, especialmente en la nueva presencia pascual-sacramental, eucarística y nos reconocemos sus creaturas, dependientes de nuestro Padre y Creador, nuestro Señor. Y tomamos conciencia de la consecuencia lógica de esa dependencia: entregarnos a Él y a su Voluntad. Servir a él y a sus “cosas” y a los suyos.

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Quizá hayáis tenido alguna vez la experiencia de sentir que ante un espectáculo de belleza, grandeza, bondad… os sentís poca cosa. Quizá os ha invadido algún momento un arrebato de Presencia Suya y de indignidad vuestra que os lleva a poneros de rodillas y exclamar: Tú, mi Dios y Señor… y en el fondo los humanos como mejor nos sentimos es así, pequeños. De rodillas. Porque eso nos descansa, al sentir que esa es nuestra medida y como criaturas alguien nos atiende y cuida y salva y cura… estamos en buenas Manos.

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En la adoración eucarística experimentamos la enorme distancia entre Él, el Señor y yo, su criatura. Y a la vez, experimentamos que esa distancia puede acortarse al comulgar su Cuerpo, para irme haciéndonos cada vez más parecidos.

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Verle a Él ex-puesto, me hace también a mi ex-ponerme y salir al encuentro de mis hermanos y hermanas, disponible, servicial, a la escucha…

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Estar con Él sacramentado es abrirle mi corazón lleno de nombres e interceder por todos ellos… en su situación personal, con sus alegrías y sus penas…

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Podemos en este tiempo pascual acudir a alguna adoración eucarística, y dejarnos mirar por Él. En fe. Con amor. Viviendo de esperanza. Agrandando el deseo. Intercediendo. No sabremos lo que es adorar mientras no nos pongamos de rodillas a adorar, reconociendo  nuestra pequeñez y dejando a Dios ser Dios, mi Dios, el Dios y Señor de mi vida, Dios vivo y personal.

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“Al nombre de Jesús se doble toda rodilla y todos proclamen:

Jesucristo es Señor” (Filip 2, 10)

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Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi