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ORAR - CALLAR - Acompasando

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A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
Gracias por confiar.

ORAR – CALLAR

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CALLAR

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Esta nueva pista tiene que ver con ESCUCHAR  porque para ello, hay que hacer silencio. Tiene todo que ver… y no es un juego de palabras. El que escucha atentamente, necesariamente CALLA y es todo oído y todo ojos… porque se escucha no solo con los oídos, sino con el corazón, con toda la persona en expectación.

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Hace unos días leía una especie de guía para ser un/a buena escucha, y el primer medio era este: CALLAR, parar de hablar. Es una disciplina para hacer silencio y poder escuchar, poder contemplar, es decir, mirar lejos y hondo. Y me parece oportuno este medio, porque a veces quizá estamos en silencio en una conversación, en la oración, a la escucha de la Palabra… pero en realidad nuestra cabeza es un lío de pensamientos que están bullendo y compitiendo por salir a la luz… Callar y respirar tiene que ver con quietud, ausencia de palabras, de cualquier pretensión de dominio del otro, del Otro… descanso.

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Este callar me sugiere algunos textos bíblicos que nos ayuden a profundizarlo mejor:

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callar (1)Callar es un modo de creer. Hay una “mudez” que puede indicar falta de compromiso, de fe, como en el caso de Zacarías, padre de Juan Bautista, que no creyó el anuncio del ángel: “quedarás mudo… por no haber creído en mis palabras que se cumplirán a su tiempo” (Lc 1, 20). Pero callar a su tiempo es necesario para crecer en fe. Es como decir a Zacarías: necesitas callar para entender, para confiar… y Zacarías necesitó ese tiempo de silencio para entender que de él iba a nacer el mayor profeta de todos los tiempos.  Callar ante lo inesperado de la vida, ante las sorpresas de Dios, es una manera de asentir, de confiar, esperar… de orar sin dudar porque “para Dios nada es imposible” (Lc 1, 37). Lo primero que nos sale ante lo que no entendemos son reproches, excusas, acusaciones, reclamo de pruebas, la risa burlona (cf Gn 18, 12)… pues bien, el que calla da permiso para que la realidad se haga más luminosa, no se interpone ante ella y permite que se revele a sí misma.

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Callar es la mejor manera de comprender y respetar la realidad sin manipularla, ni complicarla. Así me viene a la mente el texto de la mujer adúltera que le presentan a Jesús (cf Jn 8, 1-11) ¡Es una trampa!… pero Jesús, antes de dar un veredicto, se pone a escribir en el suelo. No sabemos por qué Jesús hizo ese gesto. Hay varias interpretaciones pero a mí me da por pensar que Jesús se puso a escribir en el suelo como “terapia”… Seguramente no escribía nada, solo era una manera de acallar la ira que le provocaba la hipocresía de los acusadores… una manera de buscar la luz, dándose tiempo… esperando que todo el discurso interior “callara”. Es un gesto profético de decir a la tierra lo que no debía decir directamente a los acusadores ya que sería manipulado en su contra. Callar es, muchas veces, una actitud justa ante la realidad, como primer paso para entenderla sin demagogias, y como primer paso para una respuesta realmente efectiva, creativa y evangélica (el método clásico del VER-JUZGAR-ACTUAR). Porque hablar, también hay que hablar. Es justo y necesario, denunciar lo denunciable, pero no sin antes haber callado.

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Callar es un modo de expresar que estamos plenamente vivos aquí y ahora: es estar atentos, a la espera de algo que ahora se me escapa… totalmente presente y totalmente atentos. Una vez dije a una compañera de estudios, joven no practicante, que iba a casa a orar. Preguntó que cuánto tiempo, dije que una hora. Replicó que en una hora cabían muchos padrenuestros y eso se le presentaba como un aburrimiento. Volví a insistir que orar no es solo rezar, sino dialogar, también callar… a lo cual contestó: “pues para mí sería imposible, porque si yo callara es que estoy muerta”… la muerte nos calla ipso facto. Pero elegir callar es elegir estar plenamente vivos y despiertos. “No alaban los muertos al Señor, ni los que bajan al silencio” (Sal 115, 17), “no esperan en tu fidelidad los que bajan a la fosa; los vivos, los vivos son quienes te alaban como yo ahora” (Is 38, 19). Es claro que no se alaba solo con la palabra. Es más, las cosas más íntimas y vitales de nuestra vida, seguramente sólo podemos hacerlas en silencio. Callar no significa estar muerto, pero sí estar de “cuerpo presente”, tan presente a ti mismo y a la realidad que sólo puedes callar. Es todo lo contrario de esas personas que permanecen calladas en una reunión, en una comida, en un encuentro… y nos transmiten que, ciertamente, su cuerpo está allí pero ella misma está totalmente ausente.

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Callar es afirmar mi verdad, lo que llena mi corazón. “La boca habla de lo que rebosa el corazón” (Mt 12, 34). Si callo en tiempo oportuno es signo de coherencia, de humildad bien entendida. Por eso, callar es un gran bien en la oración; expreso con ello mi verdad más honda: que mi vida depende enteramente de una Palabra que me guía, me orienta, me implica. Dejémosle estar como Él quiere estar, no como nosotros lo imaginamos. Callarse en oración es dejar que la PRESENCIA del Innombrable acontezca, que pronuncie su Palabra, no la mía.

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20212-1

Es asombrarme al experimentar que mi vida depende de una Persona a quien quiero contemplar, entender, seguir. Desde que es pequeñito en un pesebre hasta la cruz… lugares difíciles de entender humanamente y que requieren el silencio para su revelación. Adorémosle en su debilidad porque el silencio es la única respuesta a lo que nos sobrepasa. Por eso también callar es confiar. Jesús acusa a veces a sus seguidores de falta de fe y de confianza en Él ante un peligro, una tormenta… ¿no ven que Él está ahí cerca, junto a los suyos?, ¿por qué temer? No hace falta gritar, apremiar al Maestro… Él está y eso basta. Es la grandeza de la encarnación: Él está, Emmanuel. Siempre.

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Hace unos días caí en cuenta de la fuerza de una frase de Mª Antonia París, cuya fiesta celebramos el 17 de enero, que tiene que ver con el callar: “apelo al silencio, dejando mi causa en manos de Dios”. Una vez dicho todo lo que una cree que tiene que decir, con total humildad, confiada en que esa es la Voluntad de Dios, si es que no te entienden, si hablar complica más que aclara… apela al silencio y déjalo en Manos de Dios. Una vez planteados todos los interrogantes posibles ante una realidad… apelemos al silencio para que la Palabra responda. Es como si el silencio nos defendiera de la realidad mal entendida. “No hables a menos que puedas mejorar el silencio” (Borges). El silencio pondrá todo en su sitio.

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Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi