A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
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ORAR – COMPASIÓN

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COMPASIÓN

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Últimamente resuena mucho en mí el tema de “los frutos de la oración”. Es decir, como pista para saber si estamos orando bien o mal, los frutos de la oración son el termómetro. Y lo dice S. Pablo al hablar de los frutos del Espíritu, que “es el que nos enseña y ayuda a orar como conviene” (Rom 8, 26; Gal 5, 22-23). También Jesús afirmaba que se nos conocerá por nuestros frutos, como a los árboles… el árbol bueno da frutos buenos (Mt 7, 15-20). Me gustaría detenerme en un fruto que no nombra Pablo en su lista, pero está porque es una cualidad del amor, y que me parece muy apropiado para la Cuaresma. Es LA COMPASIÓN.

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La Biblia nos dice que a Dios le gusta más la misericordia (acoger en el corazón la desgracia de otro, lo cual me lleva a la compasión, a sufrir-con) que los sacrificios (Mt 9, 13). Podríamos decir que la religión cristiana, en línea con la tradición profética del AT, va más a los hechos que a los ritos. Más a los frutos que a las buenas intenciones, más a la autenticidad que al “cumplimiento” de algo externo.

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La palabra compasión nos suena en principio a algo bueno, pero a veces es posible confundirlo con la lástima, o ser sinónimo de debilidad, pues hoy lo que cuenta es competir y sobresalir. La compasión es una virtud (fuerza, motivación) que nos lleva a hacer nuestros los sufrimientos de otra persona, su miseria, su desdicha. Y para eso necesitamos antes haber asumido nuestra propia debilidad y dolor, sin juzgarlo ni rechazarlo. “Si deseas felicidad de los demás, sé compasivo. Si deseas tu propia felicidad, sé compasivo.” (Dalai Lama). Para ser compasivos con otras personas hay que haber experimentado en carne propia la auto-compasión, es decir, la plena aceptación de lo que soy, el amor a mí misma, sin juzgarme, asumiendo mi debilidad como primer paso para comprender el dolor y debilidad de otros.

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Es bueno ponerse en los zapatos del próximo para ver el mundo como él o ella lo ve, desde su perspectiva. Poder sentir lo que de verdad necesita y no lo que yo creo que necesita. Mirar a los ojos de quienes me rodean y pensar cómo hacerles fácil el camino que recorren. Salir de mí misma e ir, entrar en esos “lugares” donde se sufre y se malvive. Es una buena terapia para relativizar mi desgracia. Y una buena ascesis cuaresmal.

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La meditación cristiana nos ayuda en este sentido a conectar con nosotros mismos con serenidad y verdad. Nos permite acogernos con paz.

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Parece que es una virtud más trabajada en otras religiones que en el cristianismo, especialmente el budismo, y sin embargo, tenemos en el Dios cristiano el fundamento más fuerte, porque si algo podemos decir de Dios es que “es compasivo y misericordioso” (Ex 34, 6-7; Sal 86, 5; Sal 103; Sal 145, 8; Joel 2, 13; Eclo 2, 11; Lc 6, 26). Dios muestra su amor y su misericordia entrañable perdonando a quien vuelve a Él de todo corazón (Tob 13, 6-7) ¡veréis lo que hará con vosotros: él volverá a vosotros, le daréis gracias a boca llena…!

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Su misericordia entrañable nos visitó en Jesús, él es la Palabra Misericordia encarnada. Gran parte del Evangelio nos muestra a Jesús conmovido en sus entrañas, llorando por y con el dolor ajeno, perdonando, liberando, levantando, curando, dando esperanza y futuro… tantas y tantas personas recobraron vida en contacto con su ternura y compasión: la hemorroísa, la viuda de Naím y su hijo, el ciego Bartimeo, el paralítico, el de la mano seca, el sordo, la mujer encorvada la otra acusada de adulterio, Zaqueo, el buen ladrón, la multitud que andaba como ovejas sin pastor… a todos les visitó la Misericordia, y se volvieron compasivos y misericordiosos como él.

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Dos iconos bíblicos quiero resaltar:

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el Buen Samaritano, capaz de olvidar sus planes y detenerse, “aprojimarse” ante el caído, y ofrecer su tiempo, su dinero, su aceite y su vino, su ternura, su cuidado… (Lc 10, 25-37).

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Y otro: el buen Padre de aquel hijo pródigo, que cada día sale a buscar al hijo que se fue, que le recibe sin permitir que el hijo se humille, que monta una fiesta en su honor, que le entraña y le hace nacer como criatura nueva, totalmente rehabilitada (Lc 15, 11-32)

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La oración nos permite experimentar en el corazón de qué manera somos amados por Dios. Y nos permite escuchar en el corazón la frase “Ve y haz tú lo mismo” (Lc 10, 37). Practica la misericordia y la compasión como el buen samaritano, como el Buen Padre Dios tiene contigo.

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Si nuestra oración es auténticamente evangélica dará frutos de compasión. Si no los da, preguntémonos qué estamos haciendo mal.

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Fijos los ojos en Jesús, hagamos nuestros los sentimientos de su corazón y caminemos hacia la Pascua, rehabilitados por su perdón y misericordia. Estrenando cada día un corazón de carne, que se conmueve por lo que ve y siente. Esforzándonos en combatir la indiferencia, como nos recomienda el Papa Francisco en su Mensaje de Cuaresma.

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Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi