A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
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ORAR CON LA RESPIRACIÓN I

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Pretendemos en esta sección dar algunas orientaciones, sencillas, y sobre todo prácticas para acompasar nuestra vida con el Evangelio, a través de la oración. Dada la importancia que consideramos tiene la respiración, como oración en sí misma y como base para otras formas de oración, dedicaremos dos entregas a este tema.

 

¿Es fácil o difícil orar? Para acompasar mi vida con el Evangelio tengo que leerlo en clave de oración, no como un libro neutro, muerto… El Cardenal Martini dice en uno de sus escritos,  que orar es fácil pues el salmo 8 proclama “de la boca de los niños de pecho has sacado Señor una alabanza” y el salmo 130: “como un niño en brazos de su madre… descansa Israel en el Señor” seguro que nos resulta una imagen familiar… un niño descansando en brazos de su madre… confiado, tranquilo. Es fácil pues, si para la Escritura “es cosa de niños…”. Pero hemos abandonado el alma de niño al hacernos adultos… así pues, puede ser difícil orar.

 

¿Qué tenemos que hacer para orar? ¿Para recobrar esa “facilidad”? Me apasiona cada vez más la contemplación de la naturaleza… su belleza, los colores, su grandeza, la vida que encierra, y sobre todo su ritmo. Muchas cosas en la vida dependen de un buen ritmo… Si hacéis deporte sabréis de la importancia de un buen ritmo para aguantar tiempo, corriendo, nadando… con un buen ritmo para caminar, se pueden recorrer muchos kilómetros sin cansarse. También en el mundo musical sabemos de la importancia y necesidad del ritmo, del compás. Así también es importante en la oración un cierto ritmo físico, psíquico,  interior, para perserverar. ¿En qué consiste este ritmo? El ritmo fundamental, esa música vital que llevamos dentro de nosotros es el latido del corazón y la respiración. Este es el ritmo fundamental de la vida, el que nos da el compás para vivir, el que sostiene el ritmo de todo lo demás que hacemos. Importa descubrir la importancia que tiene.

 

Conviene saber que, cuando nos disponemos a orar, lo fundamental es ser conscientes de que es el Espíritu quien ora en nosotros (Rom 8, 14-27). Por eso ¡es fácil orar! ¡lo hace él en nosotros! El espíritu ha sido derramado en toda carne (Hc 2, 17; Joel 2, 32) pero… no nos llega si no lo respiramos, si no nos los “apropiamos” dejando que entre, como en Pentecostés.

 

Aprender a orar es ponernos en condiciones de acoger, escuchar, dejar actuar el Espíritu dentro de cada uno y cada una.

 

La tradición monástica de la Iglesia griega, la tradición oriental yoga y budista, le han dado un gran valor a las técnicas de la respiración; y llegaron a señalar muchos modos de hacer esta actividad consciente, asumirla y poderla controlar. La oración de Jesús es la oración más cercana a la tradición cristiana, por tanto, es la que más fácilmente podemos asimilar nosotros. Esta oración (cfr. Los «Relatos del peregrino ruso»y la Filocalia) consiste en una invocación repetida lentamente, a ritmo de respiración. Es una invocación llena de significado:

 

«¡Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador!» u otras variantes. Esta invocación debe pasar de la cabeza al corazón, entrar en el ritmo de la respiración, invadir y empapar toda la persona,  como la invade el aire. Ciertamente nosotros, occidentales, podemos tachar esta práctica de rara y esotérica… pero en todo caso, créelo, existe una respiración de la oración, un ritmo que, una vez conseguido, nos permite perseverar en el diálogo con Dios, con alegría y gusto interior, colocándonos en la verdad de nosotros mismos, y de Dios.

 

La respiración es vida. Con ella empieza el bebé su andadura, y cuando dejamos de respirar morimos. Eso es así de sencillo. Respirar es vivir. Morir es dejar de respirar, por los motivos que sean. Con su doble movimiento de inhalación-expiración, respirar es lo que permite fisiológicamente, junto con el entramado de la circulación, que la sangre se oxigene y transmita vida a todo el organismo, fuerza, calor. El aire nuevo que entra por la nariz pasa a los pulmones, y el oxígeno atraviesa las venas, se combina con las células y riega, con la sangre ya oxigenada, todos los diversos miembros que componen el cuerpo humano. Sanea el organismo. Le da vida, calor, fuerza. Si esta sangre no se oxigena suficientemente la calidad de vida resulta deficiente. No llega vida al cuerpo. De ahí la importancia de una buena respiración.

 

Una respiración completa, amplia que llene a tope los pulmones. No entrecortada, superficial,  a medio gas. Una respiración así es la que empieza siendo abdominal, pero va subiendo hasta la parte superior de los pulmones, que es casi siempre la única que solemos utilizar. Los cantantes, los deportistas, músicos… que necesitan del aire se entrenan en estas técnicas de optimización de la respiración.

 

Pero me he preguntado muchas veces ¿la fuerza y la energía corporal nos viene solo del oxígeno químico que hay en el aire? Es verdad que hay procesos energéticos en el organismo de combustión que producen energía, pero siempre me ha parecido que debía haber algo más de dónde sacar energía vital, no sólo bioquímica… Esa energía es el Espíritu,  o Prana como llaman los orientales a este principio de energía vital, que está en el aire, pero es más que el aire. ¡Es la VIDA!

 

La primera manifestación de Dios es como Espíritu creador, y Palabra (Gn 1, 1), que pone orden en el caos, da vida. Este espíritu de Dios es el que actúa a lo largo de toda la historia de salvación, a través de los patriarcas, los profetas, el que cubre a María al llegar la plenitud de los tiempos (Lc 1, 35; Gal 4, 4), el que desciende sobre Jesús en su bautismo (Lc 3, 22 y par) y le acompaña en todas sus acciones y palabras, el que invade a los apóstoles en forma de fuego,  de viento, de palabra universal (Hc 2, 1-4), el que recibe cada cristiano en su bautismo… me parece increíble que por medio de algo tan sencillo como la respiración ¡ese mismo Espíritu llegue a mí! ¡el mismo! No es distinto, de peor calidad… no ha perdido fuerza… es el mismo que movió a Jesús, y que Jesús nos transmitió al morir, en su último anhelo.

 

¿Cómo se respira orando o se ora respirando? Continuará…

 

Pero para que vayáis practicando os dejo un adelanto:

 

Procuro concentrarme en el ritmo de mi respiración: inhalo aire desde mi abdomen,  intentando llenar al máximo los pulmones… retengo por unos segundos ese aire y luego exhalo despacio… procuro coger práctica en esta respiración básica y saludable, que puede ser practicada en cualquier momento del día. Es más, la oración profunda completa debe ser practicada unas cuantas veces al día, cuantas más mejor.

 

1. Lo primero será siempre pedir el don del Espíritu Santo. Hacerme consciente por la fe de su existencia. Pedirle que ore en mí.

2. Puedo también aprovechar el ritmo de la respiración para repetir una frase, como el peregrino ruso, “Señor Jesús ten compasión de mí”… una frase que me “diga” mucho… o una oración: el padrenuestro, el avemaría… es el tercer modo de orar que sugiere S. Ignacio en sus Ejercicios. La respiración ayuda a hacernos conscientes de lo que nuestros labios pronuncian, y a pasarlo al corazón. Como hacía María.

 

Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi