A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
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ORAR EN CUARESMA

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ORAR EN CUARESMA

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Los 40 días de la cuaresma son un símbolo “memorioso” de los 40 días que duró el diluvio, 40 años de la travesía de Israel por el desierto hacia la Tierra Prometida, los 40 días de las tentaciones de Jesús en el desierto… viniendo a significar limpieza y purificación.

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La oración en cuaresma, en esta nueva travesía por el desierto hacia la libertad, la resurrección, será pues como el sustento para sobrevivir y permitir que algo nuevo renazca. En el desierto nos encontramos en lucha con los elementos y contra los propios demonios: el sol abrasador, la luz extrema, la soledad, el hambre, el viento caluroso, la arena que hace fatigoso el caminar, la intemperie… y por eso nos exponemos a un proceso purificador, del que surge el más puro yo verdadero, sin agarraderos ni excusas.

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Es pues necesaria la oración para no sucumbir. Para llegar a la meta. Al menos este año.

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Ya decíamos en la anterior entrega que la persona ora desde desde la vida, y ahora decimos: desde su realidad concreta, sin las máscaras del carnaval. Orar en cuaresma es una invitación a tocar mi realidad más profunda: mi debilidad y mi sed, mi necesidad de salvación sólo en Dios, nunca en mí, donde realmente no hay salvación por más vueltas que le dé… las dos cosas, debilidad y deseo. Un yo y un Tú. Decirme yo. Abrirme al Tú. Silenciarme yo. Escuchar al Tú…

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Orar en cuaresma es una invitación a trascenderme, desde mi realidad gris y desnuda o desde otra alegre y luminosa.  Pero trascenderme no es ir “fuera” sino “dentro”.  Permitirme beber del agua de la Roca, del manantial del Espíritu que brota dentro de mí inagotable, antes que acudir a algibes agrietados que no sacian la sed. El sol cegador del desierto reclama unas gafas de sol o fiarme de un sentido interior de orientación que me viene de la mirada del Creador sobre sus criaturas. Escuchar una palabra de confianza que no tiene en mí su fuente, pero se pronuncia sobre mis huesos secos: “te  basta mi gracia, pues mi poder se manifiesta en la debilidad ” (2Cor 12, 9). No avergonzarse de lo poca cosa que me veo. ¡Ahí puede haber vida!

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La oración en cuaresma es la experiencia de mi existencia desnuda, pura y dura. Que ansía y se mueve hacia un encuentro renovador. Que permite la poda para ser injertada en la Vid verdadera (Jn 15) que vive eternamente.

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Orar en cuaresma no es nada en sí, porque mira hacia la Pascua, pero sin esa experiencia de soledad, de ahondar en una misma sin saber qué encontraré, esa experiencia de lucha a muerte contra todo lo que me mata… no habrá Pascua, no habrá Vida. Tiene mala prensa la cuaresma porque no nos gusta esta travesía dura, pero tampoco le gusta a la mujer embarazada pasar el trance del parto y tiene que prepararlo bien, tampoco nos gustan las reformas en casa porque todo está patas arriba y sucio, ni el entrenamiento para una carrera… y nos mantiene en todo ello una esperanza activa puesta en la meta.

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Oremos desde lo que somos. Bebamos del agua de la Palabra. Comamos el Pan y bebamos el Vino. Ofrezcamos y recibamos un hombro amigo. Escuchemos el silencio. Practiquemos la misericordia. “Fijos los ojos en Jesús, nuestra Pascua”

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Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi