A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
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ORAR – LA ALEGRÍA DE UN NIÑO

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LA ALEGRÍA DE UN NIÑO

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Últimamente he caído más en cuenta de que la presencia de un niño, en una reunión, en el metro, en la catequesis… provoca la alegría. Allí donde hay un niño brotan las sonrisas por su espontaneidad, comentarios, gestos, sus “salidas” a tono o fuera de tono… es verdad que hay situaciones de todo tipo, y a veces los niños provocan enfado porque son exigentes, caprichosos, porque alteran el orden establecido por los mayores, pero con eso hay que contar.

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Esto es lo que me hace pensar y proponer como pista de oración, algo muy sencillo: la contemplación del Niño-Dios. Siempre he necesitado en la Navidad esa contemplación, porque ese Niño es especial y porque a la vez es como todos. Y necesito del silencio para poder comprenderlo. Por qué Dios eligió ese camino para llegar hasta nosotros, el camino de una vida normal. Y menos que normal, una vida pobre, escondida, pequeña, insignificante. ¿Por qué? Dios se ha hecho Niño. ¡cuánto encierra esta frase!

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En ese Niño “ha aparecido la bondad de Dios y su amor al ser humano” (Tito 3, 4)

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“Ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor al hombre. Gracias sean dadas a Dios, que ha hecho abundar en nosotros el consuelo en medio de esta peregrinación.

Antes de que apareciese la humanidad de nuestro Salvador, su bondad se hallaba también oculta, aunque ésta ya existía, pues la misericordia del Señor es eterna. ¿Pero cómo, a pesar de ser tan inmensa, iba a poder ser reconocida? Estaba prometida, pero no se la alcanzaba a ver; por lo que muchos no creían en ella. De lo que se trata ahora no es de la promesa de la paz, sino de su envío; no de su anuncio profético, sino de su presencia. Es como si Dios hubiera vaciado sobre la tierra un saco lleno de su misericordia; un saco que habría de desfondarse en la pasión, para que se derramara nuestro precio, oculto en él; un saco pequeño, pero lleno. Y que un niño se nos ha dado, pero en quien habita toda la plenitud de la divinidad. Ya que, cuando llegó la plenitud del tiempo, hizo también su aparición la plenitud de la divinidad. Vino en carne mortal para que, al presentarse así ante quienes eran carnales, en la aparición de su humanidad se reconociese su bondad. Porque, cuando se pone de manifiesto la humanidad de Dios, ya no puede mantenerse oculta su bondad.

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¿Hay algo que pueda declarar más inequívocamente la misericordia de Dios que el hecho de haber aceptado nuestra miseria? Señor, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder? (Salmo 8) Que deduzcan de aquí los hombres lo grande que es el cuidado que Dios tiene de ellos; que se enteren de lo que Dios piensa y siente sobre ellos. (Sermón 1 de S.Bernardo abad)

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Hace bien no razonar mucho, solo contemplar, y en todo caso dejar discurrir los sentimientos, la alegría que contagia ese Niño. Contemplar también a la Madre, toda ternura, sin dejar de pronunciar su “hágase” aunque no entienda. Contemplar a José, el hombre justo, prudente, discreto, el protector de los que le han sido confiados.

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Contemplar quiénes les visitan: los cercanos pastores, nada bucólicos como en los belenes, sino más bien marginados y despreciados. Los lejanos sabios de Oriente buscadores de la verdad allí donde esté, los que saben leer los signos de la presencia divina aunque pequeña y pobre, y saben regalarse. Y el Niño tan contento de estas visitas… de toda visita. Mírale a los ojos con los ojos de tu corazón, y verás lo que se alegra. Verás lo que te alegra.

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Aprendo mucho de los niños y sacan lo mejor de mí cuando estoy con ellos. Me producen ternura. Será por su menesterosidad, la verdad de sus gestos y palabras, su espontaneidad. Me entran ganas de ser como ellos. Ese Niño me produce toda la ternura del mundo, porque es la Gracia en persona, y me hace recordar que a Dios le gusta ser así y que seamos así, como niños y niñas. Evitamos serlo, pero nos hace bien sacar la niña y el niño que llevo dentro.

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Contemplar el misterio de Belén en silencio es fuente de sorpresa, de maravilla, de agradecimiento porque no dejo de preguntarme que tendré yo que merezca toda esta “movida” del actuar divino. Por eso tengo el Niño bien cerca en mi mesa de trabajo todo el año. Para no dejar de contemplarlo y sonreír con Él, ver la gracia de todo y en todo, pase lo que pase. Donde está el Niño hay alegría.

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Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi